Coque mira fijamente a Adrián antes de hablar. Sabe que lo que le diga no saldrá nunca de su boca. “Los secretos se guardan”, dice su madre y él confía plenamente en su hermano.
Hoy tiene mucho que explicar; todo ha ido mal. Intentó zafarse de Pedro, el matón de la clase, pero no lo ha conseguido. Cada día es peor y se siente más inseguro. Desea que suceda como cuando el perro del vecino le atacó hace cuatro meses dándole tres mordiscos en las piernas y, de forma inesperada, el animal apareció muerto envenenado al día siguiente. Casualidad o no fue una cuestión de justicia divina, dijo su padre. O como cuando en la guardería del barrio aquella niña rubia de trenzas largas y ojos de cielo le quitó el triciclo en el patio, y cinco minutos más tarde se estampó con vehículo y todo contra el columpio de plástico destrozándose su infantil y tierno rostro para siempre. Cosas que pasan, dijo la cuidadora ante los gritos de la desesperada madre de la niña rota.
Ahora es el Pedro este. Grande, fornido y sin piedad quien ha tenido a bien fijarse en él, en el más inocente de la clase, el tímido y siempre triste niño de la última fila, en Coque.
Toda su vida lleva refugiándose en los libros de aventuras y misterio, viviendo a través de personajes fuertes y decididos una vida que no es la suya. Un destino marcado por los viajes y las gentes que va encontrando a su paso; situaciones en las que los riesgos, los problemas y las injusticias le son ajenas y él no sufre. Pero hace un tiempo que eso ya no funciona y ve cómo todo se da la vuelta contra él. Se siente débil y cada vez con más frecuencia marcha a ver a Adrián y contarle sus problemas.
Adrián ha sido siempre su modelo, una inspiración .Un niño alegre y dicharachero, feliz en cualquier situación y resolutivo, muy resolutivo. Nada existe que pueda frenar una férrea decisión y la fuerte determinación de un carácter potente. Estas son, siempre en boca de su madre, las características que el propio Coque debe imitar. Harto difícil. Por ahora, confía en su hermano los secretos de su situación y espera que un día ⸺a ser posible, cuanto antes⸺ todo se solucione.
¡Cómo le gustaría que Adrián fuese de repente un caballero de blanca armadura que a lomos de un corcel de plata y espada bruñida por los dioses, le librase del dolor que hoy sufre en su vida! Tener la rápida solución ajena a su acción que le sacara de un miedo permanente y la angustia de una madre casi muerta en vida por dolor.
No sabe porque pero, tiene la sensación de que al contarle a Adrián todo esto, él mismo está cada vez más cerca de una solución desconocida aún.
Le parece percibir una leve sonrisa en el rostro de su hermano, ese guiño de ojo picaruelo que le dice sin hablar: “no te preocupes hermanito, esto déjamelo a mí que yo me ocupo”.
Algo más tranquilo y reconfortado Coque se levanta, pasa su infantil mano por el rostro de Adrián y dando por concluida su visita, abandona el cementerio al atardecer.