En memoria de mi amado Homero
Abrir el corazón
Estimados lectores, hoy quiero abrirles una parte muy íntima de mi mundo emocional. Algo que, aunque duela reconocerlo, es universal y nos alcanza a todos en algún momento de la vida.
Hablo del duelo.
Ese estado en el que el alma se encoge, la mente busca explicaciones y el corazón late más pesado de lo habitual.
Hace un mes me tocó despedir a mi hijo de cuatro patas, Homero. Mi compañero fiel durante ocho años.
Podría detenerme a describir cómo era, contarles sus gestos, su forma de caminar o la dulzura de su mirada… pero siento que hoy eso no importa.
Lo que necesito compartir no es su forma física, sino el espacio emocional que ocupó —y sigue ocupando— dentro de mí.
Cuando el amor se convierte en ausencia
Homero fue luz en mis días buenos y abrigo en los días grises. Fue mi sombra, literalmente: donde yo iba, él iba detrás. Siempre presente, siempre amoroso, siempre él.
Mientras escribo estas líneas, se me forma un nudo en la garganta. Las lágrimas aparecen sin pedir permiso, porque lo extraño.
Porque lo quiero conmigo.
Porque todavía hay una parte de mí que lo busca al despertar para abrazarlo, como lo hacía cada mañana.
El amor no sabe de despedidas inmediatas; necesita tiempo para entender que algo cambió.
Y en esta mezcla de nostalgia, dolor y gratitud, vuelvo a pensar en lo profundamente humanos que somos cuando atravesamos un duelo.
El duelo no es solo la pérdida física
El duelo nos vuelve vulnerables frente a la pérdida de un ser querido…
pero también frente a cualquier pérdida.
Porque el duelo no es solo la ausencia física de alguien.
A veces es un trabajo que dejamos atrás, una casa que ya no habitamos, un cambio de escuela, una amistad que se distancia, una etapa que se cierra.
Los cambios, aunque necesarios, también duelen.
Cada vez que soltamos algo, perdemos una parte de nuestra rutina, de nuestra identidad, de lo que nos sostenía.
Y ese también es un duelo: un pequeño desgarro que pide tiempo, comprensión y suavidad.
Entre lágrimas y sonrisas
Hoy escribo entre lágrimas, sí, pero también entre sonrisas.
Porque recordar a Homero es recordar amor.
Y el amor, incluso en la ausencia, sigue siendo un puente que nos sostiene.
Ojalá estas palabras abracen un poco a quienes estén atravesando sus propios duelos, grandes o pequeños.
Todos dejamos algo atrás para seguir adelante.
Y en ese camino, sentir profundamente no es una debilidad: es la prueba más hermosa de que hemos amado.
Aprender a acompañarnos en el dolor
Mientras transito este duelo, me doy cuenta de algo que nunca había observado con tanta claridad: no sabemos acompañarnos en el dolor.
Creemos que debemos ser fuertes.
Que no podemos llorar “tanto”.
Que tenemos que seguir como si nada.
Pero el duelo no entiende de exigencias.
El duelo pide espacio.
Pide silencio.
Pide verdad.
He aprendido —a la fuerza, pero con honestidad— que sentir tristeza no me hace débil.
Que llorar no me resta entereza.
Que extrañar es, en realidad, otra forma de amar.
Uno no llora por lo que fue malo, sino por lo que fue tan bueno que dejó huella.
Las pequeñas luces del recuerdo
Estos días, más de una vez me descubrí sonriendo sola al recordar alguna travesura de Homero, algún instante pequeñito que en su momento pasó desapercibido pero que ahora es valioso.
Creo que así funciona el corazón: entre lágrimas, nos regala pequeñas luces para recordarnos que no todo es oscuridad.
Que incluso dentro del duelo hay momentos de gratitud.
Cada duelo es único
También entendí que cada persona vive sus pérdidas a su manera.
No hay fórmulas.
No hay pasos obligatorios.
No hay un “tenés que superarlo ya”.
Los duelos son tan únicos como los vínculos que los originan.
Y cada uno necesita descubrir qué lo sostiene, qué lo calma, qué lo acompaña.
A veces es hablarlo.
A veces es escribir —como estoy haciendo ahora—.
A veces es abrazar a quien nos quiere bien.
O simplemente darnos permiso para no estar bien por un rato.
Lo importante es no cerrarnos.
No aislarnos del mundo ni de nosotros mismos.
El dolor necesita circular, moverse, respirarse.
Cuando lo encerramos, se vuelve más rígido, más pesado, más difícil de sanar.
Lo que el duelo viene a enseñarnos
En medio de todo esto, comprendí algo más:
el duelo, aunque duela, viene a enseñarnos.
Nos recuerda que la vida es movimiento.
Que nada es para siempre.
Que el amor nunca se pierde: solo cambia de forma.
Que todo lo que realmente nos marcó sigue viviendo en nosotros.
Quizás esa sea la parte más luminosa del proceso:
entender que lo que amamos deja raíces profundas.
Que aunque la ausencia duela, la presencia emocional permanece.
Y eso, de alguna manera, también es compañía.