Una historia real
C., de 31 años, acude a mí después de haber estado en terapia durante mucho tiempo con varios psicólogos sin obtener resultados.
Su problema: tiene miedo a volar.
Va a tener que empezar a viajar y le da pánico la idea de estar encerrada en un avión.
Después de hacerle toda la entrevista y la patobiografía, la primera pregunta que me viene a la cabeza es:
—¿Sabes cómo naciste?
—¿Cómo? —me pregunta, sorprendida—. ¿A qué te refieres?
—Naciste por cesárea, ¿verdad?
Ella se queda muda, se estremece, tiembla y responde:
—Sí… ¿cómo lo sabes?
Sin que ella lo supiera, su cuerpo ya había hablado. Ese cuerpo —esa masa de carne, huesos, emociones y memoria— responde a todo. Si lo escucháramos más, mejor nos iría. Ya había dado su respuesta. Ahora solo quedaba poner todo en orden y ayudar a que su cerebro lo entendiera.
La huella del nacimiento
C. padeció sufrimiento fetal. Ya estando en el canal del parto y sin poder salir, a su madre tuvieron que practicarle una cesárea.
Esa impronta queda grabada en el hipocampo, instalada de por vida… o al menos hasta que el cerebro logra resignificar todo el proceso.
Su inconsciente asocia el hecho de estar encerrada con muerte o peligro de muerte. Es tan sencillo —y tan profundo— como hacerlo consciente y desprogramar esa asociación.
Cualquier situación en su vida que implique estar encerrada, sin posibilidad de salir y sin control sobre lo que ocurre, la devuelve inconscientemente a aquel momento en el que tuvo que ser “salvada”: desvalida, impotente, sin control.
El proceso de resignificación
Tras unas sesiones de tratamiento y resignificación, C. realiza sus primeros vuelos y todo va genial.
Antes ya había superado su miedo a estar encerrada en el coche cuando salía a la carretera. Nos llevó unos meses, pero lo consiguió.
Su cerebro entendió y reprogramó, porque no hay nada mejor para la mente que ser consciente de lo que nos pasa.
Sin conciencia situacional, no hay cambio posible.
Como dato curioso, ella nunca habló de los baches ni de los movimientos del avión: su miedo no era al vuelo en sí, sino al encierro.
El verdadero origen del miedo
Hay pasajeros que han hecho todos los cursos disponibles sobre miedo a volar en distintas compañías aéreas sin lograr resolverlo.
Y es que de nada sirve que les expliquen cómo vuela un avión o las leyes de la aerodinámica… porque el problema no es ese.
El problema es que hay algo superior, más profundo y no verbalizable:
una asociación inconsciente que vincula el hecho de estar encerrados con la muerte o el peligro mortal.
Y mientras esa asociación no se resignifique, el miedo seguirá ahí.