Parece que nada tiene que ver una cosa con la otra, ¿verdad? Seguro que eso estarás pensando…
“A ver por dónde sale esta mujer ahora…”
Pues bien.
Dicen las estadísticas que cuatro de cada diez jóvenes han padecido algún tipo de agresión sexual. Por desgracia, yo me incluyo en esa estadística y, por eso, estoy especialmente sensibilizada con este tema. Tan sensibilizada que sancionaría a quienes denuncian falsamente haber vivido algo así. Porque, una vez que lo has sufrido, ya no hay solución. Podrá haber olvido, podrá haber perdón, pero el daño está hecho y, de una manera u otra, condicionará toda una vida.
Pero vamos a lo que vamos… y luego ya me diréis si tiene sentido o no.
Un hecho real
K, actualmente de 54 años, lleva más de veinte años realizándose revisiones anuales de dos manchas en la piel que terminaron convirtiéndose en melanomas y que tuvieron que ser extirpados mediante cirugía.
Eran dos puntos situados aproximadamente a la mitad de los gemelos de ambas piernas.
Desde el enfoque de la descodificación biológica, K interpreta que su cuerpo desarrolló estas manifestaciones en la zona donde se producía el contacto con su agresor.
Recordemos que la piel pertenece al ectodermo y que, dentro de esta mirada, se relaciona simbólicamente con el contacto, la comunicación y la relación con el exterior y con los demás.
También se plantea que muchos conflictos relacionados con la piel pueden asociarse a experiencias vividas como separaciones dolorosas o contactos impuestos.
Según las cinco leyes biológicas de Hamer, la enfermedad surge cuando un conflicto emocional intenso no logra ser expresado o elaborado adecuadamente. De ahí la importancia de hablar sobre aquello que nos ocurre.
En el caso de K, aunque finalmente contó lo sucedido, no se sintió escuchada.
Y ese fue, para ella, un segundo conflicto.
Porque la persona a la que más necesitaba acudir, aquella de quien esperaba comprensión y protección, era precisamente su madre.
Y no encontró la respuesta que necesitaba.
La historia de K
Desde los seis años, K sufrió agresiones sexuales por parte de un tío materno.
Durante las agresiones, él la sujetaba por la zona de los gemelos que he mencionado anteriormente.
Como ella se resistía, el agresor llegó a amenazarla con hacer daño a su hermana pequeña. Ante ese miedo, K decidió soportar ella misma aquellas agresiones para protegerla.
La situación se prolongó durante años.
Finalmente encontró el valor para contarlo.
Pero la sorpresa llegó cuando no se sintió escuchada, comprendida ni protegida por parte de su madre.
Aquello tuvo profundas consecuencias emocionales.
Más allá de cualquier manifestación física, los hechos vividos y la forma en que fueron experimentados marcaron su manera de relacionarse consigo misma y con los demás.
Con el paso del tiempo aparecieron problemas emocionales importantes y una dependencia del alcohol como forma de evasión frente al dolor, el sufrimiento y todo aquello que nunca pudo ser expresado plenamente.
La agresión fue el origen.
Pero el silencio y la falta de escucha profundizaron aún más la herida.
La importancia de escuchar
Tal y como explica José Luis Marín en muchas de sus conferencias, una de las grandes dificultades de las personas que han sufrido agresiones es el miedo a no ser creídas.
Ese temor hace que muchas víctimas tarden años en hablar.
Y cuando no encuentran escucha ni validación, las consecuencias pueden reflejarse en problemas de pareja, dificultades emocionales, trastornos de conducta o conductas autodestructivas.
Por eso nunca debemos olvidar la importancia de contar.
Y también la importancia de escuchar.
Escuchar de verdad.
Escuchar sin juzgar.
Escuchar sin minimizar.
Escuchar sin mirar hacia otro lado.
Porque, a veces, lo que una persona necesita para empezar a sanar no es una solución.
Es simplemente que alguien la crea.
Y que alguien permanezca a su lado.
Y ahora, ¿cómo lo ves?
¿Tiene sentido?
¿Es bio-lógico?