Quizá no te hayas dado cuenta, querida lectora, de que Madrid aloja grandes esculturas en sus plazas. Literalmente, les da cobijo, pero son ellas las que predominan. Lo bueno de ir paseando con los ojos abiertos es que puedes fijarte en cosas tan contradictorias como una gran escultura que tiene los ojos cerrados. Julia permanecerá en la plaza de Colón, donde se encuentra, hasta diciembre de 2027. En la crítica internacional hay unanimidad en reconocer la valiosa originalidad de la obra de Jaume Plensa y su estilo conmovedor.
La cabeza de Julia, de doce metros de alto, parece la imagen de una figura votiva. Es la primera vez que el artista, ganador del premio Velázquez de las Artes en 2013, expone una obra de semejantes dimensiones en España. Estamos ante una escultura hecha con resina de poliéster y polvo de mármol blanco, de tamaño gigantesco.
Existen obras semejantes en otras ciudades, desapercibidas en plazas y parques urbanos. Rigen como reinas allá donde están colocadas. La escultura de Madrid también tiene los rasgos de una niña/muchachita con los ojos cerrados, también se erige como una figura totémica en el centro de la ciudad, a modo de contenedor del alma, porque en la cabeza habita lo más importante del cuerpo. Todas ellas son de color blanco porque simboliza el contenido de la idea.
Los ojos cerrados de estas esculturas invitan a los sueños, hacen un llamamiento a la introspección y nos acercan a la subjetividad absoluta. Julia pone la atención sobre sí misma y representa el silencio. Es una figura aislada como apartada del mundo, aunque ubicada en el centro de la actividad humana. Con su presencia rotunda trata de imponer silencio a los humanos que nos movemos alrededor de ella, en medio de un tráfico constante y un ruido infernal. La escultura de Plensa está por encima de la actividad cotidiana. Está anclada en sí misma y habita en su propio territorio. Se ubica en un pedestal sobre la tierra y permanece aferrada a ella, pero desde la plaza pública despega, vuela a un territorio elevado que no parece de este mundo.
Apela a la eternidad. Al representarla con los ojos cerrados, Plensa la convierte en una figura sagrada. Frente al ajetreo hiperactivo del entorno urbano, la alteración de la vida moderna y la compulsión del consumo, Julia es misterio, calma, perpetuidad y concentración. Cerrar los ojos y la boca para alcanzar el milagro de lo sacro. Julia vive en su aura serena de armonía y belleza, ajena al entorno inhóspito de contaminación ambiental; se enfrenta a la circulación circundante de modo imperturbable. Anima a cobijarse bajo su halo a los pobres mortales en permanente trabajo de hormiga. Ella siempre exhala aroma de pureza, desborda paz. No dice, pero sugiere. La época en que vivimos es tiempo de constante hipercomunicación, de ruido, alboroto insano, de exceso de redes y relaciones. Por el contrario, Julia es la presencia intensa del silencio. La verticalidad y la dimensión de montaña la acercan a la divinidad. Ella es el recogimiento contemplativo, Diosa inmaculada e impasible. Como si su misión fuera combatir los quebrantos de lo ordinario, con su rotundidad física desafía la amenaza de la era líquida, como la denominan los filósofos. Piensa luego Plensa