El día siguiente a mi muerte
miraré tu sonrisa amplia y perfecta al despertar,
esa cara brillante, inocente, pendiente de descubrir con sorpresa un nuevo día,
esos ojos viajeros ahogados en un verde mar, de esperanza.
Tú, más tú. Yo, más yo.
El nosotros perdido en un desierto estéril donde las semillas anhelan trepar hasta el cielo.
Las dificultades no ocultan el bosque escondido.
Nada es fácil, pero no imposible.
Voluntades encontradas.
Nunca me canso de besar esos labios frescos,
a punto de estrenar cada mañana.