Cuando Sofía va al campo, no sigue los caminos. Cree que es una comodidad que ella no se puede permitir. Le da la sensación que desde la vereda, se ve de lejos el bosque, y desde el paseo, no se aprecian bien las flores. A ella le gusta estar en el meollo, en donde pasan las cosas, en el barro.
Le gusta mancharse los zapatos y engancharse en las retamas. Sabe que sus paseos campestres no son para todos los públicos, los hay que prefieren llegar impolutos a casa como si no hubiesen salido de ella. Pisa los charcos sin remordimientos y se despeina con las ramas sin el menor problema. Se ensucia las manos cogiendo setas y espárragos, ya se las lavará luego, si le toca cocinar, si eso. Coge almendrucos e higos y no le importa trepar si es necesario, aunque digan que es muy mayor para subirse a los árboles. Probablemente, lo sea, pero no a todo el mundo le importan esas cosas. Sabe que las mejores moras no se cogen desde el sendero, sino desde el otro lado. Pincharse con las zarzas no le supone mucho riesgo, o le compensa, pues le sale muy buena la mermelada.
En sus largas caminatas, sube cerros por fuera de la ruta marcada, evitando meter el pie en las madrigueras de los conejos. En la cima, busca las mejores vistas y se sienta a esperar el atardecer. Sigue las huellas de animales que guían a los mejores claros o a las mejores sombras, ellos sí que saben dónde descansar. Sofía sabe seguirles, es de sabios elegir bien las referencias. Cruza los arroyos saltando de piedra a piedra en vez de usar los puentes, no porque no se fíe de ellos, es que le gusta mojarse en los ríos de vez en cuando. Hablando de la humedad, no le gustan las ranas ni los sapos, pero no le molestan. Sabe que con no acercarse a ellos todo bien, no se puede usar la razón con los batracios.
Atraviesa siempre la maleza, nunca la siembra, sería una falta de respeto pisar el trabajo de otro. Conoce el esfuerzo de los que trabajan la tierra y lo respeta muchísimo. Tampoco impide a nadie ir por los caminos marcados, ¡qué cada uno haga lo que quiera! Ella a lo suyo tan feliz y el resto a sus trochas, pero ella estará ahí para ayudar si alguien se ha metido en algún huerto.
En la vida, como en el campo, tenemos la libertad de elegir por dónde andamos, por qué nos esforzamos, a quien seguimos, a quien dedicamos nuestro tiempo… Sofía sabe que aunque ir a campo traviesa tiene sus complicaciones, también tiene sus ventajas. Una vez superados los lodos y las rocas del camino, se pueden oler mejor las flores. Sofía y yo, te animamos a salir de los caminos, pisar charcos y despeinarte con las ramas. A coger todo aquello que te ofrezcan los árboles, aunque suponga esfuerzo. Que llegues a la cima por tus propios medios para disfrutar más de las vistas. Y que da igual si se te manchan los zapatos, ya los limpiarás luego, si eso.