Juana nunca toma decisiones, no le gustan. La única que tomó en su momento, fue no volver a decidir. Veía que todo el mundo a su alrededor tenía las cosas muy claras, y ella, que todos los días cambia de opinión dos o tres veces, no se encontraba capacitada para elegir entre cosas importantes. Eso es imposible, pensarás, pues en la vida todo son decisiones. Pero Juana se ha vuelto una experta en evadirlas, o bien lo echa a suertes o ignora las cosas hasta que se aclaran por sí solas. También es una maestra en hacer que otro piense que es él quien debe escoger. Ella simplemente se deja llevar y vive feliz en su ausencia de determinación.
Cuando digo que no toma decisiones, me refiero a que no toma ni una. Ni lo que desayuna, ni lo que va a hacer el fin de semana, mira lo que hacen los demás y lo replica. Tampoco ha elegido a sus amigos o lo que estudió, simplemente fue haciendo lo que le iban diciendo sin cuestionarse nada. No le importa qué película ver, qué libro leer y qué canción oír, mientras se la diga otro. Jugar al ajedrez o a las siete y media. Le vale lo mismo un camino que otro, un equipo que otro o un partido que otro. Dice que le da igual todo, mientras no tenga elegir, pero no os vayáis a creer que no piensa, al contrario, sí lo hace. Lo que pasa, es que le da verdadero pánico equivocarse. El miedo a fallar es común a todos y eso bien se entiende haciendo un ejercicio que más que empatía, dijérase que es de memoria. Echando la vista atrás veo que mil y una veces he sufrido la cobardía de decisión. Alguna vez he llegado a envidiar su manera de ser feliz conformándose con cualquier cosa, pero con los años he comprendido. No hay mayor esclavitud que la libertad malentendida.
Juana es libre, o eso se cree. Todos los demás sabemos que no. Que su libertad es un fraude que sólo ella se traga. Pero no querer ver la realidad, no la cambia y si no quieres mirar un muro, te darás de bruces contra él tarde o temprano. Hay decisiones tristes, que duele tomar, mas ay de ti si no lo haces. Pues cuando no ordenas tus prioridades, cuando no eliges, la vida lo hará por ti. Y eso es más triste, si cabe, pues tu libertad será falsa, pues serás esclavo de las decisiones que otro tomó. Sin decidir no hay libertad, sin arriesgar, no hay nada. El libre albedrío es inútil si no lo usamos. Así pues, úsalo, escoge, equivócate, pero sé tú el que lleve las riendas. Sé tú el valiente, que mirando los cuernos al toro, y aunque no esquives la cornada, puedas decir que eres libre.