Elisa se acordaba de todas las historietas que le contaba su abuela Macarena, se sentaba con ella y estaba horas escuchando aquello que con nostalgia le iba relatando. Su abuela, le contaba con pelos y señales cómo eran las cosas antes y Elisa, con el pasmo propio de la juventud hacia los tiempos pasados, escuchaba sobrecogida. Hablaba de sus viajes, de sus guateques, de sus paseos por el campo. De la música que oía y se bailaba. Le contaba cómo conoció a su abuelo y todas las anécdotas de la familia que formaron después, su familia. Todo lo que hacía su abuela le parecía digno de admiración. Siempre se había comido las uñas y le llamaba especialmente la atención que fuera tan descarada al respecto, cuando ella no podía acercarse la mano a la boca sin una rápida reprimenda de su madre. Cada vez que la pillaba con los dedos en la comisura de la boca, esta le guiñaba un ojo y le decía bajito que sus uñas sabían a violetas.
Si había algo que le gustaba a su abuela, era el cine, Elisa disfrutaba especialmente estas charlas. No hay nada mejor que escuchar a alguien hablar de algo que le gusta mucho, el brillo que deja la pasión en los ojos es muy favorecedor. Siempre le recomendaba películas, que ella apuntaba y luego no descansaba hasta encontrarlas. La torre de los siete jorobados, aquella en la que Sara Montiel era una Violetera o Bienvenido Mr. Marshall, encabezaban su larga lista. Buñuel, por ejemplo, aparecía con Viridiana. Como habían recibido su primera televisión, primero en blanco y negro y luego en color. Como sus hijos se peleaban por sentarse donde mejor se veía y no había discusión por qué película ver, pues no había donde elegir. Veían sin rechistar lo que había. Se reían con Amanece que no es poco o Los tres de la Cruz Roja, se preocupaban por Chencho en La gran familia o cantaban con Joselito y Marisol, según la programación.
Y ahora ella, sujetando un ramo de violetas, con un nudo en la garganta y los ojos empañados. Mira a su alrededor con la sensación de desorientación que produce la tristeza y mientras deja, sin oír nada, que le den condolencias y abrazos una fila, para ella interminable, de familiares lejanos. Absorta en sus pensamientos, repasa agradecida, todo aquello que aprendió de Macarena. Sabe que la va a echar de menos toda la vida y lo tiene claro, el día que ella tenga una nieta le hablará de su abuela. Le contará de sus viajes, sus guateques y sus paseos por el campo. De la música que oía y se bailaba. Le contará cómo conoció a su abuelo y la familia que formaron. Le enseñará su larga lista de películas y esperará que ella las vea para comentarlas. Y sabe que el día que su nieta le pille mordiéndose las uñas, le dirá que estas saben a violetas. Esta sabrá, cómo ella supo, que las uñas en realidad no saben a nada y eso es mejor, pues lo contrario depende de lo sucias que se tengan las manos. Y, como cualquiera en sus sanos delirios, preferirá decir que las suyas también saben a violetas.