Va a Llover

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19 de abril de 2024

La calidez del sol me cubre la cara como un velo, y de pronto me acuerdo de mi boda y de lo guapa que estaba hace tanto tiempo, y deseo estar ahí bebiendo, bailando y riendo. El parque está sumido en el atardecer y se ven las motas de polvo danzarinas conforme camino por el césped. La hierba parece estar fresquísima y, sin pensarlo mucho, me descalzo, me quito los calcetines de flores, los guardo con cuidado en mi bolso, y saboreo la sensación de los tallos entre mis dedos. El viento hace que algunos mechones se me escapen del moño. Camino con cuidado de no pisar nada blando hasta que mis pies tocan la tierra áspera del camino. Me acerco al banco más cercano y me dejo caer en él con una sonrisa satisfecha. Me limpio las plantas de arena y vuelvo a ponerme los calcetines y los mocasines. Se me queda en el cuerpo una sensación de incomodidad, de impureza.

Me quedo un buen rato mirando a la nada. Creo que me he manchado el vestido de verde. Hoy me he puesto todas mis joyas: el collar de oro de Buccellati que me regaló mi yerno en uno de mis cumpleaños, mi anillo de compromiso, casi enterrado por otro más grande con un enorme jade, los pendientes de falsos rubís… Me los he puesto por si acaso. Sé que a Alex no le gusta que lo haga, pero así me siento más guapa. Y la limpiadora tan solo podrá echarle el ojo a un joyero vacío, con un ticket de devolución caducado y polvo.

Dos palomas gemelas se acercan y picotean los restos de pipas. Son feas, pero tienen cierto encanto en sus movimientos. Salen volando cuando alguien se acerca y se sienta a mi lado. Me dirige un asentimiento silencioso, y yo le sonrío. Es un chico guapo, joven, con el pelo rapado por un lado y un piercing de los que se llevan ahora en la ceja. Alex tiene uno parecido. Se queda encorvado, mirando su teléfono y moviendo los dedos rápidamente. Yo agito las piernas algo nerviosa. Creo que me mira. Es guapo.

—Qué buen tiempo hace hoy, ¿no?

Él levanta la cabeza con las cejas alzadas.

—Sí, la verdad es que sí. Pero creo que va a llover esta noche. —Su voz es más grave de lo que imaginaba.

Creo que me mira de arriba abajo y me pongo colorada. Casi por instinto, resguardo el bolso detrás de mis caderas.

—Sí, ha estado lloviendo mucho.

Él hace un ruido de asentimiento. Parece impaciente, porque su pierna se mueve como si quisiera escapar de su cuerpo. Alex lo hace todo el rato, cuando comemos, y me pone muy nerviosa.

—Hace bastante buen tiempo, ¿no? —le digo, mirando el cielo despejado con una sola nube golosa planeando sobre nuestras cabezas.

Le miro, esperando una respuesta. El chico tiene los ojos marrones algo más abiertos de lo normal, que están plagados de pestañas, y me parece todavía más guapo con esa expresión de desconcierto. Me recuerda a Andrés, la primera vez que le vi, lleno de juventud y con su moto. Recuerdo mis sospechas sobre su adulterio y la emoción se transforma en molestia. Ya no me parece tan guapo.

—Sí, sí que lo hace —responde él, y devuelve su atención al aparato.

Tras un rato se levanta, pone el pie en el banco y se ata los cordones. Yo me le quedo mirando. Espero a que se despida de mí y me recoloco el cuello en V del vestido y un mechón detrás de la oreja. Se va sin decir palabra, y sus pasos hacen crujir la gravilla. Me quedo sola, alicaída, en mitad del parque. Se acercan otras cuantas palomas. No tengo migas para darles, solo unas cuantas piedras en el calcetín que me molestan. Me entran ganas de llorar. Me froto los ojos por debajo de las gafas, pero no soluciona nada. Respiro hondo y las farolas se encienden. No sé cuánto tiempo llevo aquí sentada. No he comido desde… Me rugen las tripas. Rebusco en el bolso, con la esperanza de encontrarme una barrita de esas dulces, pero solo hay un envoltorio de un chicle. Ah, y un caramelo de café Solano. Me lo meto en la boca y empiezo a salivar y a darle vueltas. Está muy bueno.

Alguien pasa por delante del camino, dejando un olor a colonia que conozco. Es la de Alex, dulzona y arriesgada. Siempre se la pone cada vez que se va de fiesta con sus amigos. El olor persiste en el parque y se mezcla con el de la hierba húmeda y los aspersores. Entonces me doy cuenta de que quiero volver a casa, pero no sé por dónde ir. No sé dónde estoy. Y creo que se me está mojando la espalda.

No me puedo levantar del banco. Mantengo el bolso pegado al pecho como un salvavidas. Oigo unos pasos apresurados, gritos, y me giro en dirección opuesta. No quiero que me atrapen. ¿He hecho algo malo?

—¡Dios, Dios, menos mal que estás aquí! ¿¡Estás bien?! ¿¡Por qué te has ido sola?! —me grita esa voz.

Una chica menuda, joven, con el pelo atado a una coleta baja y chándal se arrodilla delante de mí. Parece que va a pedirme matrimonio, y la idea me hace sonreír.

—Hola, guapa —le digo.

—Yaya, ¿pero dónde estabas? Que te he buscado durante toda la tarde. Anda, vámonos a casa. Y no te vuelvas a ir sola. —Coge el teléfono y habla con alguien. Le dice que todo está bien, que “ya la he encontrado”, y cuelga. Me mira con ojos brillantes y una sonrisa que sé que no es de verdad, pero lo intenta. Tiene pinta de ponerse a llorar en cualquier momento, como los aspersores—. ¿Nos vamos?

Me tiende la mano. La agarro, pensándomelo mucho. Ella me conduce por un parque que no conozco. Al final sí que está lloviendo, pienso, viendo cómo las gotas mojan el camino. Ella tiene la cara empapada, y me da una monserga que casi no escucho.

—… ¿Vale? Llámame, yaya, y nos vamos a pasear al parque o adónde quieras.

Asiento. Ella sigue caminando.

Qué guapa es, me recuerda a mi nieta Alex.

Alba Ardea
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Alba Ardea

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Soy Alba, tengo 22 años y me describo como un intento de escritora y artista en proceso. Actualmente curso cuarto de Bellas Artes y sigo escribiendo sin parar mi tercera novela. Me encuentro dividida y aferrada a mis dos pasiones: la escritura y el arte plástico, y son de estos dos mundos, tan vastos como interesantes, de los que más voy a hablar y compartir en “El Rincón de las Letras”.

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