El compañero de los setos

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22 de septiembre de 2026

Capítulo I

La diligencia dejó a Mary frente a la verja de Hollow Grange una tarde de octubre, cuando la niebla ya empezaba a subir desde los prados como si la tierra respirase. Tenía seis años y un hatillo con dos vestidos remendados. Nada más. Su madre había muerto de fiebres tres semanas antes, y su padre, hacía tanto tiempo que ya entonces Mary apenas guardaba de él algo más en su memoria que olor a tabaco y lana húmeda. El párroco de la aldea, hombre de pocas palabras y menos paciencia, la había colocado como criada de cocina en casa de los señores Ashworth, dueños de las tierras que se extendían hasta donde alcanzaba la vista.

El ama de llaves, la señora Prentice, la recibió con una mirada que medía y descontaba al mismo tiempo. Seria, enjuta y reseca no dijo ni media palabra de bienvenida.

—Aquí no se llora —le dijo, sin crueldad, pero sin dulzura tampoco—. Se trabaja. Empezarás fregando y llevando carbón. Si sirves bien, comerás bien. Y pobre de ti si no es así.

Los días siguientes fueron una sucesión de tareas que a la cria le parecían interminables: agua que acarrear, ceniza que retirar, suelos que restregar de rodillas hasta que las manos se le dolían y se le entumecían agrietadas con el color del fuego que no veía. Dormía en un jergón junto a la cocina, y el frío de las piedras se le metía en los huesos y en el alma. Nadie le hablaba salvo para ordenarle algo. Los señores Ashworth eran figuras lejanas que Mary apenas veía cruzar los pasillos, envueltas en sedas oscuras y en un silencio que imponía respeto y mucho miedo.

Fue una tarde de noviembre, mientras sacudía alfombras junto al seto que separaba la huerta del páramo, cuando lo vio por primera vez.

Un niño, quizá de su misma edad, la observaba desde detrás de un espino. Vestía una chaqueta azul de buen paño, algo desgastada, y tenía el cabello muy claro, casi blanco bajo la luz gris de la tarde.

—¿Juegas al escondite? —preguntó él, sin más preámbulo, como si llevaran hablando toda la vida.

Mary miró hacia la casa, temerosa de que la señora Prentice la sorprendiera ociosa. Pero nadie miraba. Y algo en la voz del niño —tranquila, sin exigencias— la atrajo como no la había atraído nada desde la muerte de su madre. Se acercó a él.

—No debo tardar —dijo, y sin embargo corrió tras él entre los setos.

Jugaron hasta que el cielo se tiñó de un violeta apagado. El niño, Thomas, conocía cada hueco del seto, cada piedra del muro donde agazaparse en silencio, cada surco del terreno que ocultaba su pequeño cuerpo de la vista. Reía poco, pero cuando lo hacía, su risa sonaba como campanillas, con el ansia de llevar mucho tiempo esperando para reírse sin miedo. A Mary no le pareció extraño que no le preguntase por su vida ,ella no tenía nada que contar y prefería que Thommy no le contase tampoco nada de la suya. Bastaba con el juego, con la libertad de correr sin que nadie la llamase para limpiar algo.

—¿Eres el hijo pequeño de los señores? —le preguntó una tarde, mientras se escondían juntos tras un montón de leña.

Thomas tardó en responder.

—Soy de la casa —dijo al fin—.

Mary no insistió. Le bastaba con que existiera, con que la esperase cada tarde junto al espino cuando ella lograba escapar un rato de sus obligaciones. Empezó a vivir para esos ratos: el resto del día era ceniza y agua fría, pero al atardecer había risa, había carreras, había un amigo que no le pedía nada salvo que jugase.

La señora Prentice, sin embargo, empezó a notar sus ausencias.

—¿Dónde te metes cada tarde? —le preguntó una vez, con el ceño fruncido—. Te he visto jugar sola junto al seto.

—No estoy sola —protestó Mary—. Juego con Thomas.

El ama de llaves se quedó muy quieta un instante. Después, sin decir nada más, la mandó a por agua, y Mary no volvió a mencionar el nombre de su amigo dentro de la casa.

 

 

 

Capítulo II

El invierno se instaló en Hollow Grange con toda su dureza, y los juegos junto al seto se volvieron más breves y escasos ,aunque no por ello menos preciados. Mary aprendió a robar minutos entre tarea y tarea, a inventar excusas para salir al patio, a guardar el secreto de Thomas como quien guarda una moneda de oro bajo el jergón.

Una tarde de diciembre, mientras la nieve empezaba a cuajar sobre los surcos del huerto, encontró a Thomas sentado en el muro, más callado que de costumbre. Taciturno y serio.

—Pronto no podré venir tan seguido —le dijo él, sin mirarla—. Me tengo que ir. Pero tú vendrás a verme siempre que puedas, ¿verdad? Te voy a echar mucho de menos.

—Siempre —prometió Mary, sin entender del todo la tristeza que asomaba a la voz de su amigo, pero sintiéndola de todos modos, como se siente el frío antes de que llegue.

Esa misma noche, mientras ayudaba a la señora Prentice a doblar manteles junto al fuego de la cocina, se atrevió por fin a preguntar lo que llevaba semanas callando.

—¿Por qué Thomas nunca entra en la casa? Siempre está fuera, aunque haga frío.

La señora Prentice dejó la tarea. Sus manos, siempre tan activas y seguras, temblaron un instante sobre la tela.

—¿Has vuelto a verlo? —preguntó, con una voz que la niña no le conocía, más baja, más cautelosa.

—Cada tarde que puedo. Termino las tareas y salgo. Es mi amigo, pero ahora me ha dicho que se va. ¿Lo mandan a un internado?¿Por qué no puede quedarse aquí?

El ama de llaves se sentó despacio, como si las piernas le hubieran fallado de pronto. Miró largamente a Mary antes de hablar, y cuando lo hizo, escogió las palabras con el cuidado de quien camina sobre hielo fino. Y sabe que no aguantará el peso.

—El joven señorito Thomas murió hace treinta años, niña. Tenía tu edad. Se ahogó en el estanque que hay tras los setos, una tarde de invierno como esta, mientras jugaba solo porque nadie quiso acompañarlo. Desde entonces la culpa y el dolor viven en permanencia entre estos muros. La señora nunca ha permitido que se hable de ello en esta casa.

Mary sintió que el suelo de la cocina se volvía extrañamente distante bajo sus pies, aunque no sabría explicar por qué las palabras de la señora Prentice no le dieron miedo, sino una especie de pena honda, como la que sentía al recordar a su madre. Esa triste paz que invade los recuerdos.

—Pero yo he jugado con él —insistió, casi en un susurro—. Es real. Se ríe. Conoce cada rincón del seto.

—Lo sé —dijo la señora Prentice, y algo en su expresión indicaba que no era la primera vez que oía algo semejante—. Otras antes que tú lo vieron. Niñas de la casa, criadas jóvenes. Siempre a esa edad. Siempre en invierno.

Aquella noche, Mary no pudo dormir. No por temor, sino porque comprendía, con esa claridad extraña que a veces tienen los niños, que Thomas nunca le había pedido nada salvo compañía, y que quizá aquello que ella había tomado por un descanso de su propia soledad había sido, sin saberlo, un descanso compartido entre dos criaturas igualmente solas.

Al día siguiente volvió al seto, aunque la nieve cubría ya los surcos del huerto entero. Esperó largo rato junto al espino, hasta que el frío le entumeció los dedos. Thomas no apareció aquella tarde, ni la siguiente, ni ninguna otra durante el resto del invierno.

Mary Whitfield sirvió en Hollow Grange durante once años más, hasta que se casó con el hijo del molinero y dejó la casa para siempre. Nunca volvió a ver a Thomas junto al seto. Pero contaría después a sus propios hijos, ya anciana, que en el invierno más duro de su vida, cuando era una niña sola en un mundo de fregonas y ceniza, había tenido un amigo que jamás le pidió nada salvo que jugara con él un rato, y que aquel regalo, por extraño que hubiese sido, le había enseñado que incluso en la casa más fría podía encontrarse, alguna tarde, un poco de alegría compartida.

 

 

María Balado
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María Balado

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¡Hola! Soy María Balado, filóloga de formación pero dedicada durante más de cuarenta años al entrenamiento de Alto Rendimiento de gimnastas. Hoy ya, de vuelta a España tras muchos años en diferentes países, me dedico casi en exclusiva a escribir. Si me preguntas te diré que soy nómada ribonucleica (lo llevo en el ADN), polidiota (digo estupideces en varios idiomas con facilidad y gracejo) y multitask (siempre llevo dos o tres proyectos a la vez). Mi sección Misterio e intriga en el rincón de la Mary, te acercará a través de temas de actualidad y una gota de humor a los mundos de una mujer actual, pequeños relatos de misterio e intriga que envuelven la realidad. Una pizca de la filosofía de vida que mueve el mundo a través de la ficción. ¿Te animas?

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