Querida amiga,
Mi propósito al escribir esta sección es siempre ayudar a que con palabras escritas se pueda levantar el ánimo, recuperar la ilusión, vencer la apatía…tanto y tanto como el arte de las letras puede hacer. Hoy te voy a hablar de algo que me toca muy de cerca, porque además pronto es el Día de la lucha contra la Depresión.
A una mayoría de gente no le gusta hablar de los problemas de salud mental, entre los que se encuentra la depresión, como si fuera un tabú, es un tabú de hecho. Si se enteran de que la padeces, encuentran la solución muy fácilmente:
- Eso tienes que poner de tu parte, salir a divertirte, a pasear por ahí…
Seguro que no han sentido ninguna vez lo que es vivir en un pozo negro del que olvidaste como se sale, mi contestación cuando me dicen algo así, es siempre la misma:
- Si con eso me curase, ya lo habría hecho.
Hay que hablar, acudir al especialista y si necesitas medicación o un psicólogo a quien contar como te sientes, debes hacerlo cuanto antes. La depresión es una enfermedad como otra, aunque si la dejas, si le das permiso para seguir creciendo, se hará dueña de ti y no estamos dispuestas a eso. No hay que sentir vergüenza por decirlo bien claro, igual que si dices que tienes una gripe o eres diabético. Romper barreras, no hacer caso a consejos bienintencionados, pero sin fustigarte. Tienes que recuperar las ganas de vivir, sin dejar que el monstruo negro se apoderé de ti y ahora hay muchos recursos donde agarrarse. Yo estoy siguiendo ahora un tratamiento novedoso, del que os hablaré otro día, que hoy vamos justas de palabras. Y si, yo tengo depresión mayor crónica, desde hace muuuuuchos años, pero no pienso dejar que se salga con la suya. Aquí os dejo un relato que escribí un día que me encontraba bastante mal y al terminar sonreí.
“Treinta años rebuscando en los bolsillos del espíritu una moneda para Caronte. Aletargada en el interior de la montaña, sin pulso, porque la vida se cansó de latir creyendo no ser querida y emigró ansiando un rincón mejor para descansar. Treinta años pensando que el pozo es mi hogar y la oscuridad mi hermana. Despreciando los días, consintiendo el marchitar necio de las horas.
Y de pronto, cuando ya me olvidé de sentir, empiezo a escuchar mi propio repiqueteo. Agua que humedece la hendidura en la piedra del alma. Escarbo, escarbamos la voz y yo hasta encontrar arcilla mansa, figuras calientes palpitando entre mis dedos. Soy yo, creada de una costilla que nunca perdió la esperanza de ser alfarera de aquello que empieza.
Soy agua, lo dicen mis manos, soy brisa tibia arrancando los ojos negros al hastío.
Las entrañas del monte, rezuman bocanadas de aliento mientras comienzo a subir, la luz que apenas ha hablado conmigo me marca la senda.
Treinta años perdida, si ¿y qué?, si un día gozándome en el propio regazo que nunca se fue, me alimentan como el resto de las vidas que me quedan, que fluyen conmigo.
Gotas tañendo en la cañada que se abre pariéndome en lodo fresco con olor a hierba y a sal.
Ahora el otoño me abriga junto al árbol que tan solo duerme, me abrazo a él y siento arder la savia que salta hasta la sangre que aprende a fluir.
Y me volveré fuente, manantial, río que lave el lienzo de amortajar y lo tiña en palabras vivas, frases que recobren sus letras para gritarle a los hundidos, que hoy soy montaña.
¿Por qué ellos no?”