Amigas, hoy os traigo un texto duro pero que clama porque todo acabe alguna vez. Gritarlo vosotras también, por favor.
LA HIJA DE IMÁN
—Sea breve —dijo Imán—. Corte deprisa. Yo ahuyentaré los demonios que se cuelguen del cabello de mi hija, no vayan a robarle el poco sosiego que le queda. Agarre firme la hoja. Que no le tiemblen las manos. No quiebre ni una brizna más de carne. Y no la mire a los ojos: allí se cobijan su dolor y el mío.
Imán empezó a cantarle bajito. Su niña era apenas un cuerpo frágil: seis años no alcanzaban para tanto.
—Mi luna chiquita… verás que todo terminará. Mañana volverás a cavar agujeros en la tierra para jugar al mancala. Correrás tras el hyras hasta su madriguera. Te burlarás de Kizzy cuando no pueda seguirte.
He leído en el humo, cuando quemamos la mirra, que serás feliz. Que el viento te llevará lejos.
—¡Maldita sea, mujer! —gritó—. ¿Acaso la cuchilla se le ha dormido? ¿No ve que mi hija se revuelve, que se le escapa el alma de tanto llorar? Acabe de una vez.
La anciana movía sin ritmo las espinas de acacia, horadando en la cicatriz.
—Cariño de tu madre… ya todo va a pasar —Imán regresó al canto porque solo él la sostenía—. Dicen que ahora no serás niña. No los escuches. Algún día traeremos flores amarillas del desierto. Te envolveré en pañuelos de colores, de los que tú quieras. Que decidas al menos una vez.
La niña rota solo ansiaba esconderse bajo la arena. Le habían dicho que así sería limpia, deseada, dispuesta para varón. Ella no entendía. Solo quería escapar.
—Dese prisa, vieja —Imán volvió al desastre—. No hay agua para lavar lo que ha hecho.
La anciana guardó la cuchilla manchada y se perdió en el aire caliente, como si nada.
Como si no acabara de arrancarle la infancia a una niña.
Como si esto no fuera crimen.
Como si la tradición pudiera llamarse destino.
Imán apretó el cuerpo pequeño contra la tierra.
No era un rito: era una niña.