Patricia tenía los ojos del color del cobre y la piel tostada de los que marcharon al otro lado del camino, recia herencia, que se imponía sobre los rostros de luna llena, de la rama materna, pertrechados tras la escasez que andorreaba por el esbozo de hogar donde decían vivir. El cutis se le había vuelto cetrino, malhumorado, igual que la garganta rasposa siempre, como lengua de gato. Todo por el hambre de sol, a pesar de que su tierra era pródiga en ardores que calaban sin moderación hasta reblandecer el entendimiento, pero allá abajo donde ella hacía las horas, la luz tenía vida eterna. La mina le robaba los instantes, la respiración teñida de azufre, tan espesa, tan densa y pegajosa que a veces dudaba, si no sería más prudente masticarla. Tenía las manos ajadas y el mirar marchito, la espalda rendida, resquebrajados los dedos de tanto escarbar las paredes pardas de unos túneles tan estrechos como su mañana, tan oscuros como su ahora. Patricia era menuda, frágil y tierna, tanto que las costillas parecían temblar dentro de su armazón, cada vez que se echaba al lomo el saco de mineral (futuro regusto de señoronas huecas) que le había arrancado a la galería, mientras se bebía a sorbos los sueños que se negaban a anidar, los juegos que olvidó jugar o las travesuras que se perdían tras su niñez extraviada, porque Patricia tenía los días por terminar, arrastraba los restos de sus once años y casi la mitad, se los había dejado pegados al filón que se alimentaba con el envejecer precoz de su cuerpo, pero su país tenía hambre y sed, sus mil hermanos también… Por eso cada amanecer, se arropaba de paciente desilusión y con otros rostros calcados al suyo, descendía hasta el confín de su horizonte, donde su figura pequeña podía serpentear sin recato, diestramente, libre de la torpeza de los adultos y sus tallas de gigante, entre corredores apretados que rezumaban con turbia obscenidad su miedo y el de los que antes los recorrieron.
Siempre igual, desde el instante mismo en que comenzó junto a su madre en la selección del desmonte y luego cuando el pecho de la vieja amenazó con romperse y hubo de regresar a la chabola, a ayudar a vivir al resto de la familia, Patricia “ascendió” al procesamiento de piedras distraídas y más tarde, acumulados los méritos en las espaldas, “el premio mayor”, la mina, con las fauces ansiosas por sus mejillas aún coloreadas. ¿Cómo si no? Si ella era una sierva más de la penuria, de las canteras y las simas. Excavarle el alma a las rocas, golpearlas hasta que parieran gravilla, alguna vez con un poco de suerte batear al amparo del río, barrenar y romperse los huesos y el aliento, consolada si acaso por alguna hoja de coca para mascar (que roía sin contarle a la madre) que los mayores apiadados, le pasaban para que engañara la gana de vida con ella, cuando la veían espantando alguna lágrima, recostada sobre un puntal o junto a una pilastra.
Con el correr del tiempo, Patricia se hizo diestra en burlar las congojas, si el mercurio viciaba el aire, dándole ramalazos secos en el rostro. Ella había construido sus alternativas: rezar a sus santicos para que le cerrasen la boca a las minas, aunque cavilaba, que para ello antes, las tierras habrían de granar de nuevo y los animales resecos, parir y dar leche otra vez. Y se forjarían así, tortas y apaños para todos. Y si las oraciones se le tropezaban con el polvo de los labios y el remedio no llegaba, hilvanaba historias diferentes cada día con las que fugarse de la tierra rota. Y veía así a su amiga Selina, vestida de domingo, con los dedos de la mano derecha que perdió mientras barrenaba, crecidos de nuevo. Y a Miguel que se agrandó muy de seguido y los amos no lo querían, porque no avanzaba rápido en las galerías. Hasta su madre se le representaba con los senos henchidos de pan, para regalarle la boca con ellos.