Querid@ lector@,
aquí estoy otra vez, tu rubia favorita, la de las planchas ochenteras bien marcadas, los ojos verde mate casi fluorescentes y las ideas brillantes… o peligrosas, según se mire.
Hoy vengo a contarte una de esas citas que no se olvidan. No porque fuera romántica al uso, no. Sino porque incluyó armas afiladas, sorpresa extrema y una arepa del tamaño de una rueda de tractor.
Sí, amiga. Esto pasó. Y sí, te lo voy a contar.
🪓 ACTO I: “Confía en mí… y tráete tiritas”
Todo empezó como empiezan las buenas historias:
— Tengo una sorpresa.
— ¿Pero es peligrosa?
— Solo tráete tiritas.
Así fue como JR (aka Mister Hachas) aceptó una cita sin saber a dónde iba. No le dije nada. Solo que confiara. Y que, por si acaso, llevara tiritas. Porque una es romántica… pero también responsable.
Cuando llegamos al sitio y vio hachas grandes, hachas pequeñas, estrellas ninja y una jabalina, su cara pasó por todas las fases del duelo en tres segundos.
Negación.
Sorpresa.
Aceptación.
Yo, que ya había ido un par de veces, entré con seguridad. Muy segura. Demasiado segura.
“Esto lo tengo controlado”, pensé.
Error.
🎯 ACTO II: El día que conocí a Mister Hachas
Resulta que JR no era un principiante. No.
Era Mister Hachas.
Lanzaba todo lo que le daban como si hubiera nacido en una academia secreta de guerreros urbanos.
Hachas grandes clavadas.
Hachas pequeñas clavadas.
Estrellas ninja… CLAVADAS.
Mientras tanto, yo alternaba entre alguna clavada gloriosa y algún lanzamiento creativo que acababa rebotando contra la diana de corcho como diciendo: “no hoy, Elena, no hoy”.
Me metió una paliza en puntuación de las que hacen daño al ego.
Pero entonces… llegó la jabalina.
🏹 ACTO III: Descubrimiento ancestral
Cogí la jabalina…
Y algo se activó en mí.
No sé si fue una vida pasada.
No sé si fue genética ancestral.
Pero la jabalina salió recta, firme y perfecta.
Una.
Otra.
Otra más.
Todas clavadas.
JR me miró con una mezcla de admiración y ligero miedo.
Yo le dije muy seria:
— Creo que me equivoqué de época. Yo podía haber vivido perfectamente como vikinga… o como neandertal cazando mamuts.
Ahí gané.
No en puntuación total.
Pero en épica personal.
🍺 ACTO IV: De las hachas… a la tasca
Después de tanta adrenalina, pensarás que lo llevé a un restaurante romántico.
Velas.
Manteles blancos.
Música suave.
JA.
Lo llevé a una tasca.
Porque jugaba el Madrid.
Y porque yo sí estoy muy puesta en fútbol, y Arbeloa ya es míster del Madrid después de la destitución de Xabi Alonso. Y eso, amiga, no me lo pierdo.
Nos sentamos. Pedimos.
Y entonces llegaron las arepas.
Una para cada uno.
Del tamaño de una pizza familiar.
Aquello no era una arepa: era una declaración de intenciones.
Nos miramos.
Reímos.
Lo intentamos.
Fracasamos.
No pudimos terminar la cena.
Ni falta que hizo.
😏 ACTO FINAL: ¿Hubo beso…?
Y ahora viene la pregunta que te estás haciendo desde hace tres párrafos:
👉 ¿Hubo beso al final de la cita?
Te voy a dejar unos segundos de intriga…
…
…
Sí.
Sí hubo beso.
Porque una cita con hachas, jabalina, fútbol y una arepa gigante lo merecía.
Y porque cuando una cita termina con risas, complicidad y cero sustos médicos… hay que sellarla como manda la ley no escrita del universo.
¿Habrá segunda cita?
Eso dependerá de si JR se atreve después de esta experiencia extrema.
Yo, desde luego… tengo más ideas.
📝 CONSEJOS DE RUBIA QUE LANZA HACHAS:
-
Nunca lleves a una cita a un sitio donde no haya tiritas.
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No subestimes tu talento oculto con armas ancestrales.
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Si después de lanzar hachas alguien acepta ir a una tasca contigo… ahí hay algo.
-
Y recuerda: las mejores historias no salen de cenas normales.
Querid@ lector@,
si has llegado hasta aquí, ya sabes que conmigo las citas nunca son normales… pero sí memorables.
Nos leemos muy pronto en Elena Ramírez 360º, donde siempre hay humor, vida real… y alguna sorpresa peligrosa.
Un beso (clavado en la diana).