Sin querer, la vida corre.
Los años pasan desde aquellos tiempos de escolaridad, avanzar, seguir estudiando para tener un futuro, perfeccionarse, hacer prácticas y luego ejercer…
Rápidamente, cumplir con la familia, el credo, los anhelos de los demás. La casa, el auto —que después son varios— porque cada uno necesita cumplir sus horarios… y así, entre todo y nada.
Un día porque hay que hacer deporte, otro porque hay que viajar, otro porque se debe ahorrar. Además, si está nublado, da para cine; y si está soleado, a pescar… Todo así, sin mirarme ni una sola vez.
Hasta que… así, de la nada, me vi. Nos vimos.
Se dio una noche, después de un trajín de esos días en los que ayudas a Dios y a la Virgen, pero sientes que algo falta. Después de darme una ducha relajante, muy necesaria para bajar los decibelios, ahí estaba: frente a mí. Como Dios la trajo al mundo, pero más arrugadita —aunque de bebés también estamos llenos de pliegues—.
Ahí, frente a mí, me encontré. Reflejada en el espejo. Ese espejo que desde hace 60 años me acompaña, heredado entre mujeres, lleno de historia… y al que nunca presté verdadera atención para mirar de verdad a quién reflejaba.
Y me salió del alma decirle a esa señora:
“¡Hola, bombona!”
Y me reí a carcajadas, sin entender que, en ese instante, me estaba acariciando el alma con ese amor único que debemos aprender a darnos.
Amarnos a nosotros mismos como Dios nos ha amado.
Entonces, empecemos por uno mismo.
Así podremos amar al prójimo.
No cuesta tanto. Es un momento.
Presta atención. No te niegues.
Sos vos.
Mimate. Querete.
Tan solo con una palabra levantarás tu espíritu:
BOMBONA.