Primera Disnea
Cuando el sol se puso en la ciudad de Avvernie aquel 29 de Agosto de 2304, no volvió a salir nunca más.
Xana lo recuerda como si fuera ayer y, al mismo tiempo, solo puede acordarse del abrigo de su abuelo arrastrando por el suelo, del niño que hacía malabares y que nunca volvió del mercado y de la última parte de la muralla de Gran Silé a punto de acabarse. Xana contaba los minutos, los segundos, para que el último andén se montara. No sabes lo que tienes hasta que lo pierdes, decía el abuelo con más gracia que pesar.
¿Hasta que pierdes qué? pensaba Xana, con menos inocencia de lo que aparentaba, pero nunca lo decía. El abuelo siempre estaba feliz, no importaba la situación, aunque el cutis que Gran Silé se había encargado de mantener se le estaba ajando, y su piel se estaba volviendo amarillenta. Tosía mucho. Quería que sus últimos años fueran positivos.
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Ahora, Xana se pregunta si el abuelo vio algo positivo en abandonarla. O en morir. Hace una semana desde que su abuelo no volvió a casa con la bolsa de fruta grisácea y con esa chocolatina que siempre “encontraba” en la tienda de ultramarinos, y algo le dice que se fue para morir sin que Xana le viera.
Han pasado dieciocho años de su vida en Avvernie y su altura se ha quedado estancada como el agua del río Arkant. Aún no se acostumbra al sonido de los martillos sobre el metal, de las apisonadoras y del crepitar del fuego de la fragua.
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—¡Joven!
Sale de sus pensamientos con un respingo. Se gira. Un tipo gordo con una bandana en la cabeza la señala con una maza. Ella no se intimida.
—¿No vas a responder, cría? Con esa actitud no durarás aquí ni dos días.
“Ni tú tampoco si eres tan charlatán. Tus pulmones se cansarán”, piensa, pero no lo dice, haciendo caso a su propio consejo. Allí es más fácil callar y asentir. No porque vivirás más, todos viven poco en Avvernie. Tampoco más feliz, porque la felicidad es tan fina como el aire que se respira. ¿Más cómodo? Es posible. Todavía le cuesta sacar el lado bueno de las cosas. Lo está intentando.
El hombre insiste.
—¿Qué? —acaba respondiendo Xana.
—Esas láminas no se van a forjar solas. Silé ha encargado doscientas para mañana. ¡Vamos, a trabajar!
Para reafirmar su eficacia, Xana golpea la lámina incandescente con el martillo. Saltan chispas y escucha que su hombro cruje. No importa. Continúa a ese ritmo. El hombre la analiza con sus ojos negros.
Es una pena, piensa Xana. Aún alberga la esperanza de que su abuelo entre por el gran portón de la fábrica, con los brazos abiertos y exclamando promesas como las de antaño. Tendremos una casa en Gran Silé, decía. Algún día te compraré uno de esos vestidos de moda, hija, y serás la más guapa de la ciudad. Nunca le gustaron los vestidos. Nunca le importó no tener casa. Pero sí le importó no tenerle a él.
Sigue golpeando el metal con tanta fuerza que se le agarrota el brazo. Le empieza a faltar el aire.
—¡Si sigues así te matarás! ¡Para, niña! —le grita su compañero.
Lo sabe. Por supuesto que lo sabe, pero aumenta la fuerza con la que golpea el martillo hasta que la lámina comienza a deformarse. A su alrededor se extiende un silencio ahumado.
La lámina se echará a perder con tan solo unos golpes más.
Clink Clank
Quiere que el abuelo regrese.
Las chispas saltan como si quisieran convertirse en un gran fuego. A Xana le recuerda al naranja de los rayos tímidos que se asomaron, una vez hace tantos años, antes de que la muralla se acabara. Se detiene de golpe. Da una bocanada de aire contaminado, esperando que se purifique. Luego se desmaya.
Un comentario
Deseando saber qué ocurre en tu siguiente disnea. Aguantar la respiración debajo del agua siempre requiere concentración y relajación. Veremos a dónde nos llevan tus disneas