Hola querida lectora, ¿qué tal estás? ¡Espero que tanto tú como los tuyos estéis genial!
En vista de lo sucedido el domingo día 30 de junio de este mismo año, 2024 (sí! En el 2024!!) en el que 4 mujeres fueron víctimas de feminicidios y 2 niños fueron asesinados a manos de sus padres, hoy siento que no puedo publicar nada más que esto.
Ya que nuestros políticos siguen discutiendo a ver quién la tiene más larga y a ver quién ha metido más la pata para después responder con un sofisticado: “!Y tú más!” !Una vergüenza!
Aquí te dejo un trocito de mi libro, de mi vida, de mi historia.. que se llama exactamente igual que esta sección, porque tanto en mi libro como en esta revista soy una Mujer Cualquiera, que cuenta su historia con el fín de poder ayudar.
¡Espero que te guste! Y si es así puedes conseguirlo en Amazon en el siguiente enlace: https://amzn.eu/d/07J8hYM3
¡Aquí va!
“ Los insultos como «puta», «zorra», «tonta» eran el pan nuestro de cada día. Bofetadas. Las bofetadas son humillantes, te hacen sentirte pequeña y te hacen ver a «ese ser», por llamarlo de alguna manera, como a una figura autoritaria. Te convierten en la niña pequeña que se queda mirando al adulto que le está echando una bronca.
Con la comida pasaba más de lo mismo: él me servía la cantidad que consideraba oportuna y a veces, cuando todavía estaba comiendo, retiraba el plato de la mesa. ¿Por qué? Pues porque consideraba que ya había comido suficiente. Y yo no decía nada… ¡porque no sentía nada! Tiempo después me di cuenta de que David, mi hermano, se percataba de estas situaciones y a veces le decía: «¡Pero si estaba comiendo! ¿Por qué le quitas el plato?». A lo que él contestaba: «Porque no quiere más. ¿Verdad que no quieres más?». «No, no quiero más», respondía yo.
Mi voluntad estaba totalmente anulada. En aquel momento no sabía si seguía teniendo hambre o no. Como ya he dicho, dejé de sentir. No podía hablar por teléfono a solas y, cuando recibía alguna llamada —de su familia o alguien más—, me hacía señas para indicarme lo que tenía que decir o me lo escribía en un papel y yo, simplemente, leía lo que él me había escrito como un loro, sin pensar. Sin saber siquiera lo que decía, solo viendo si la cara de mi agresor indicaba aprobación o no, que era lo único importante para mí y para mi supervivencia.
Me pasaba noches y noches sin pegar ojo, primero por que la tensión no me lo permitía, pero cuando mi cuerpo y mi mente no podían más y se dejaban llevar por el agotamiento, él no me dejaba dormir, me despertaba. ¿Para qué? ¡Para volverme loca! Para torturarme.
Tenía que dormir en la postura que él me decía, siempre con las piernas juntas y cerradas. Tiempo después, me enteraría de que esto tiene un nombre: era la llamada «tortura blanca», una técnica utilizada en las cárceles de EE. UU. que consiste en la privación del sueño”.
Cuando Elena me propuso escribir en esta maravillosa revista y me enseñó cómo era su proyecto, la palabra que me vino a la mente fue “sororidad”.
Y yo siempre digo que sí a eso. ¡A la sororidad!
Nos leemos en quince días, !querida mía! No olvides suscribirte a mi sección para que te llegue directamente al mail. Y gracias infinitas por estar ahí.