Hay recuerdos que tardamos años en atrevernos a mirar de frente.
Durante mucho tiempo pensé que algunas heridas debían quedarse guardadas en silencio. Que hablar de ellas era remover el pasado. Que quizá era mejor seguir adelante y hacer como si nada hubiera ocurrido.
Pero con el tiempo comprendí que las heridas que no se nombran no desaparecen. Simplemente aprenden a esconderse.
Por eso escribí Detrás de una sonrisa. Porque detrás de muchas sonrisas existen historias que nadie ve. Historias de miedo, de dolor, de culpa y también de supervivencia.
Hoy quiero compartir contigo un pequeño fragmento del libro:
“Suspendí dibujo técnico y tuve que ir a hacer el examen en septiembre y mi mayor miedo era ser la única en aquella clase y encontrarme a solas con aquel hombre.
Durante mucho tiempo sentí rabia y culpa por no haber hecho nada.
Pero hoy entiendo que era solo una niña.
Una niña a la que habían enseñado a callar, a no molestar, a aguantar.
Y supongo que ahí empezó una de las grandes batallas de mi vida: aprender que sobrevivir no es lo mismo que vivir.
Porque llega un momento en el que el silencio pesa tanto… que ya no queda otra opción que romperlo.”
— Detrás de una sonrisa
Escribir estas páginas no siempre fue fácil. Hubo momentos en los que sentí miedo, vergüenza y dudas. Pero también descubrí algo muy importante: cuando compartimos nuestra verdad, dejamos de cargarla en soledad.
Si este fragmento resuena contigo, quiero que recuerdes algo: aquello que te ocurrió no te define. Tu historia es mucho más grande que tus heridas.
Y aunque a veces el camino sea oscuro, siempre existe la posibilidad de encontrar luz al otro lado del silencio.