Hola, queridísima lectora:
Hoy te traigo un fragmento de mi libro Detrás de una sonrisa, una autobiografía autopublicada en Amazon.
“Como iba diciendo, empecé a trabajar en la cafetería y la clientela era variada: gente joven, mayores y familias. Me adapté con relativa facilidad para el momento personal que estaba viviendo. Al pensarlo ahora, ni yo misma sé cómo lo pude lograr, pues veía a la gente con una vida normal y yo me sentía todavía más bicho raro. Había familias tomando algo y charlando, grupos de amigos riendo, y esto me hacía pensar si en algún momento yo volvería a estar en ese grupo de gente que consideraba ‘normal’. Me parecía algo complicado de conseguir, sobre todo porque la desconfianza que tenía hacia el mundo en general era tan, tan grande como lo eran mis inseguridades y mis miedos. ¿Cómo iba a poder volver a ser una persona ‘normal’ después de todo lo que había pasado? ¡Era imposible!
Hoy sé que no puedes volver a ser la misma persona que antes de haber pasado por una tortura como la violencia de género. Porque, cuando logras salir de ahí y vuelves a recomponer poco a poco las piezas rotas —como en el kintsugi—, reparándolas con oro, no eres la misma persona, gracias a Dios. ¡Eres más fuerte!”
Reconstruirse desde las grietas
Este fragmento de Detrás de una sonrisa representa una de las etapas más duras y, al mismo tiempo, más reveladoras de mi vida.
Recuerdo perfectamente aquella sensación de estar rodeada de gente “normal”: familias que reían, amigos charlando, mientras yo me sentía fuera de lugar, como si perteneciera a otro planeta. En ese momento aún cargaba con la desconfianza, los miedos y las inseguridades que deja la violencia. No sabía cómo volver a formar parte del mundo… ni siquiera sabía si quería hacerlo.
Escribir este pasaje fue una forma de reconciliarme con esa versión de mí que sobrevivía a duras penas detrás de la barra de una cafetería. Hoy, al releerlo, entiendo que no se trataba de volver a ser la de antes, sino de aprender a vivir con las cicatrices.
Porque después de atravesar algo tan devastador, la vida no vuelve a ser la misma… y una tampoco. Pero eso no necesariamente es algo malo.
La belleza de lo irreparable
Por eso me gusta pensar en el kintsugi, esa técnica japonesa que repara con oro lo que se rompe. Así me siento yo: reconstruida, con las grietas a la vista, pero más fuerte y más valiosa que antes.
Este fragmento habla precisamente de eso: de cómo, incluso después del dolor más profundo, es posible encontrar belleza en lo que parecía irreparable.
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