Un viaje interior necesario
¿Nos atrevemos a revisar lo que llevamos en la maleta invisible desde hace tantos años, como dice nuestra compañera Casti Yuste?
Este el pasado mes de agosto, junto a un grupo diferente de mujeres, tuvimos la suerte y la oportunidad de estar acompañadas durante una semana por Casti en uno de sus programas.
Y en ese viaje interior pude descubrir sentimientos, sensaciones, emociones, pensamientos y mucho más que seguían allí guardados después de 43 años, vividos por una situación de cambio de tan solo 20 km. No como ella comparte en La maleta de la expatriada, pero pude descubrir que aquello que viví en esos momentos —y en los años posteriores— seguía guardado, esperando que yo pudiera darle una nueva mirada, un nuevo posicionamiento y, sobre todo, que pudiera atenderlo y acogerlo con comprensión, suavidad y honestidad.
Cuando me casé y me trasladé de pueblo —como dije, apenas 20 km de diferencia— me sentí expatriada de mi propio lugar. Aún hoy, cuando me preguntan de dónde soy, muchas veces lo primero que digo es el nombre de mi pueblo natal… y después añado que vivo en este otro.
Uf… sigue habiendo una carga emocional ahí que aún queda por resolver.
Viví en mi pueblo de origen solo 21 años. En el pueblo al que me trasladé llevo ya 43.
Y aun así, mi raíz sigue dividida.
Reconocer la pérdida
Puedo decir que con los años me he sentido muy acogida, reconocida y sostenida por gran parte de la gente del pueblo, y me siento parte de él. Pero al principio fue difícil para mí. El cambio fue radical.
Salí de un lugar donde todos nos conocíamos —amistades, familia— para llegar a uno donde tenía que construirme de nuevo. Tenía que empezar sin amistades, sin conocidos, sin red… y los miedos que había dentro de mí eran enormes.
Hoy puedo reconocer que todas esas pérdidas eran reales para mí. No eran invención ni imaginación, como muchas veces sentí que otros pensaban.
“Mujer, no hay para tanto…”
¿Quién decide eso?
¿Quién puede saber lo que una siente?
Expectativas impuestas… y expectativas propias
Durante esa semana de trabajo interior surgieron todas las expectativas que los demás habían puesto en mí… y también las propias. Expectativas que había creído defraudar. Era algo muy interno y profundo.
Soy hija única viva, así que podéis imaginar el peso que eso acarrea.
Muchas veces intentaba cumplir las expectativas de mi familia de origen sin tener en cuenta las mías.
¿Alguien me preguntó alguna vez cómo me sentía ante este cambio tan radical?
No.
Quizás por miedo a escuchar mi respuesta.
Quizás yo misma apagaba mi voz interior para no incomodar a nadie.
Mi cuerpo, en cambio, sí mostraba síntomas que yo no supe relacionar con lo que estaba viviendo.
—Estás empezando una vida nueva, una casa nueva, pon ilusión…
No es que no la tuviera.
Es que hoy puedo decir que no estaba preparada para algo tan profundo.
Nadie nos prepara para estos cambios.
La maleta invisible: lo que guardamos sin saber
Ahora reconozco que hice lo mejor que pude con las herramientas que tenía entonces.
Y que muchas cosas quedaron guardadas en esa maleta invisible:
como protección, como supervivencia.
Creía que lo que sentía no era correcto.
Tenía que ser feliz, vivir una vida nueva, conocer gente nueva…
Pero dentro de mí surgieron conflictos y dificultades que no pudieron ser atendidos con amor, comprensión y compasión.
Este viaje con Casti me está permitiendo volver a mirar todo aquello que escondí, para no parecer más rara de lo que creía que ya era.
Incluso para mí misma.
Revisar lo que pesa
No tengamos miedo a revisar aquello que nos pesa.
Si no lo hacemos, bloquea partes de nuestra vida y nos deja estancadas.
Es importante darnos espacio para mirar con dulzura lo que antes no pudo ser atendido.
Reconocer nuestras pérdidas con honestidad.
Atenderlas de la manera adecuada para nosotras, no según la mirada de los demás.
Nosotras somos quienes sentimos.
No entreguemos ese poder al exterior.
Tu camino, mi camino: únicos e irrepetibles
¿Te ha ocurrido algo así?
¿Has dejado de atenderte por atender a otros?
¿Qué decides hacer ahora con tu maleta invisible?
Yo decido seguir revisando lo que quedó parado.
Decido navegar más ligera y responsable.
Decido atenderme desde la adulta que soy hoy.
Sí: mi camino es solo mío. Tu camino es solo tuyo.
Aunque se parezcan, cada una transita lo suyo.
Un presente más ligero
Ahora estoy en un espacio de reconstrucción.
Partes de mí quedaron congeladas en aquel pasado que no pudo ser atendido.
Hoy me permito caminar hacia ellas, reconocerlas, recogerlas.
Me doy tiempo para que cada emoción, cada sensación, cada acción lleguen a su ritmo.
Sin hundirme.
Sin prolongarlo.
Solo permitiendo que sea.
Este camino—abierto hace unos meses—me hace sentir más ligera y amorosa conmigo misma.
¿Nos permitimos ser quienes somos?
¿Nos permitimos ser lo que somos y sentir realmente?
¿O nos esforzamos en ser lo que los demás esperan para no mover sus heridas?
Aprender a escuchar el cuerpo cambia la vida.
Permítetelo.
Con suavidad.
Con compasión.
Tu avance también puede ser mi avance.
Y el mío puede inspirarte a ti.
Nos sostenemos junt@s desde el corazón, con nueva energía, soltando lo que no pudo atenderse antes.
TE ABRAZO, por permitirte mirar tus cambios a través de los míos.
Por revisar tus pérdidas con mis palabras.
Por caminar conmigo en este nuevo post.