Cuando el mundo se vuelve loco
Cuando el mundo se vuelve loco, cuando los hombres pierden el juicio y la compasión, siento que las palabras pueden traer algo parecido a la paz.
Este pasado mes de octubre participé, junto a otros compañeros escritores, en un recital por la Paz. Con todo lo que está ocurriendo en el mundo, me cuesta quedarme callada.
Por eso quiero compartir este texto contigo. Ojalá, al leerlo, sientas —como yo— que cada uno, desde su pequeño lugar, puede hacer algo. Aunque sea usar las palabras para recordar que aún somos humanos.
LA TIERRA
La tierra se seca en las calles de la patria perdida.
Los pies que huyen solo pueden llevarse un poco de polvo al caminar.
El hambre, la sed y la injusticia pesan sobre espaldas que apenas resisten.
De los rostros que ven a ambos lados del camino,
algunos estiran la mano, aunque sea contra natura o religión.
Nadie les reprochará si alcanzan un pedazo de aliento en medio de tanta miseria.
Pero permanecen mudos.
Y se conforman.
Los muertos se conforman, porque ya olvidaron llorar.
Ahora lloran los hombres más viejos
y también los que aún están a medio hacer,
los que no tienen armas en esta guerra sin sentido.
Lloran por dentro
cuando piensan en la comida desterrada,
pudriéndose en las puertas de las ciudades mudas,
porque los muros rotos ya no saben protestar.
Lloran cuando no quedan tumbas para enterrar a los suyos,
cuando no encuentran ni el pan ni la sal
para cerrar el abismo que se abre entre hueso y hueso de los que siguen vivos.
Las familias se hacen expertas en amontonar colchones,
pedazos de hijos, ollas vacías y barrigas huecas,
buscando refugio,
esperando que la pesadilla se olvide.
¿Se olvidará alguna vez?
La tierra grita.
No piensa morir aún bajo el ruido de las bombas
y el humo de sangre ajena.
La tierra, como hembra, arropa a las mujeres
que llevan en el cuerpo el recuerdo de sus niños perdidos.
Acaricia sus senos resecos,
incapaces de humedecer las bocas
de quienes apenas tienen futuro.
Son madres que recuerdan las piedras rotas donde un día durmieron.
Se prohíben añorarlas,
y en cambio las graban bajo la piel
para soñar que un día adornarán con ellas
los cuartos de los suyos,
cuando la locura sea desterrada.
Buscan restos del ayer.
Si hallan agua que no sea negra, es una batalla ganada.
Si consiguen un puñado de harina enredado en el barro, otra.
Si amanece con luz y aparece una fruta, es un tesoro impensable.
Al final se conforman
si les quedan manos de hijos vivos
que les abran un destello a la esperanza.
A que vuelvan las escuelas,
los parques,
los paseos de domingo.
Hasta puede que vuelva la vida,
si no dejan de rezar.
Hacen sopa con recuerdos.
Y las que tienen hijas,
cuando llega la noche,
cosen con telas de los que ya no respiran,
para hacer paños y poder menstruar.
Quizás la dignidad se apiade de sus meses y de los de sus hijas,
para que la vergüenza no sea otro pecado.
Y la tierra al fin comprende
que los niños ya no tienen llanto,
ni sueños,
ni memoria para escribir la palabra esperanza.
Pero quizás,
si hombres, mujeres, niños
y el alma misma de la tierra aprenden a gritar,
aunque sea con ruido mudo,
y ese eco doloroso de la guerra llega
hasta las mesas de quienes dirigen el horror,
entonces,
cuando la verdad les llene la boca
y la luz les queme los ojos,
quizás los días perdidos se quiebren,
las patrias regresen,
y las tierras dejen de estar secas.
Quizás la comida prometida
sea por fin leche y miel
para los labios sedientos de paz.