La última vez que pasé por aquí para compartir mis letras con vosotros, lo hice con un relato real que formaba parte de un libro de esperanza, fuerza, dolor e ilusión. Sus personajes no eran de tinta, ni surgían fecundos de mi imaginación, eran de carne y sentimiento, prestos a levantar a personas que estuvieran en el mismo trance que ellos: el cáncer. Os prometí que durante un tiempo os hablaría de cada una de estas personas que nos regalaron su experiencia sin importarles regresar a la oscuridad. Hoy hablaremos de MacGregor.
“Quizás MacGregor no sea solo el apodo con que lo bautizó un amigo, por su pasión por las tierras escocesas, quizás sean los ancestros de su clan, los que lo han empujado desde la otra orilla para que su nombre no desaparezca, porque MacGregor también es un guerrero como ellos, un rebelde que no se rinde, que afronta la vida a su manera. Pelea en silencio y al conocer su historia entendemos el porqué. Será que MacGregor es sin saberlo un miembro del clan de las Tierras Altas de Escocia, será que ignorándolo, MacGregor es un “Hijo de la Niebla”.
Cuando llevas un rato de conversación, las dudas se deshacen y todo se limita a una palabra que repite una y otra vez: normalización. El cáncer tiene que normalizarse, verse como otra enfermedad cualquiera, hablar de ella, deshacer el estigma que arrastra. Prohibir que vuelvan a decir: “una larga y penosa enfermedad”, hay que llamarla cáncer sin que se tropiecen las letras en la boca, porque ese es su nombre. La palabra es inútil, también la expresión, contra lo que hay que luchar es contra la enfermedad.
Define tener cáncer, como un expolio, como la acción que roba la salud y la tranquilidad de una manera injusta, pero no está dispuesto a ser el vencido, a dar el botín de su cuerpo al que se cree triunfador aún antes de empezar la pelea. El fin consiste en salir adelante.
Al principio, se dio cuenta de que se le había puesto una piedra inmensa en el camino, que había que saltar para seguir andando, o si acaso rodearla, pero hacer algo, porque de nada servía su deseo de que no estuviera allí, ni la rabia, ni ningún otro sentimiento. Aquella enfermedad era silenciosa, como suelen ser los cobardes, pero ya que estaba allí optó por darle la bienvenida y engañarla con los remedios que le iban a dar para enfrentarse a ella, eran las balas que los médicos le daban para disparar y las guardaba intentando conservar siempre alguna en la recamara, por si el instante se volvía particularmente negro.”
La historia de MacGregor “El hijo de la Niebla” es larga, si os sirve si estáis pasando por ese trance, no lo dudéis, decídmelo y continuaremos con ella. Si no, en la próxima entrega hablaremos de otro de estos guerreros con el coraje por bandera.