Buenas tardes amigas.
¿Cómo ha ido el verano? Yo, deseando agarrar el teclado del ordenador y seguir compartiendo palabras e ilusiones con vosotras. Hoy quiero hacer algo diferente. Aquí va:
Yo os voy a poner un trocito de uno de mis libros: “La guerra de las putas”, el primero de la Trilogía. Y vosotras, sin hacer trampas (porque si lo habéis leído o sois de esa ciudad, no vale) me vais a decir en qué ciudad están los personajes en ese momento. Es muy fácillllllllll. Premio: Un puñado de abrazos literarios.
“Años enteros imaginándose del brazo del marido salir de la finca de la calle de la Salud y llegarse hasta la plaza de Canalejas y entrar en La Violeta, a comer caramelos con dibujo de flor o violetas escarchadas que tenían la propia forma de un pétalo de color dulcemente lila, que la dependienta le serviría envidiosa de su soñada enhorabuena, como si fuese la única mujer preñada que quedase en el mundo. Y el esposo orgulloso, igual que si el mismo llevase algo vivo en el vientre, le ofrecería acercarse a la pastelería del Pozo para calmar el antojo de dulce con sus bartolillos y ella presumiría (aún a costa de perder el recato que toda mujer en semejantes condiciones debía usar para guardar con decencia su estado) de los atuendos propios de una gravidez tan ansiada, que hasta en dos o tres ocasiones se le llegó a retirar el periodo de tanto darle vueltas a la cabeza.
Y las mentiras que tienen las patas muy cortas y esa barriga nunca se hizo viva en su cuerpo, solo en sus sueños.
Ahora, el muy desgraciado embarazaba a una triste moza de cocina, ¡qué fechorías le habría hecho en la intimidad! que hasta sudores le daba pensarlas, para que tan de momento se le enganchara la criatura en el vientre, que ni seis meses hacía que la desgraciada había entrado a servir en la casa.
¡Como si sus entrañas de esposa no hubieran sido de su agrado! Y bien sabía ella que no sufría ningún mal que le impidiera quedar encinta, que ya se ocupó a espaldas del marido de visitar a la mejor comadrona de todo xxxxx que después de reconocerla, tan sólo le mandó unas hierbas que la sosegasen, porque otro remedio no precisaba y le recomendó en voz tan baja como le permitió su boca, si no sería posible que a su esposo, aunque fuera en el extranjero le mirasen por si podía tener algo en sus partes de hombre…