“Queridas amigas cualquiera, con motivo de los días preciosos que se avecinan he querido hacer algo especial. Un cuento infantil, desde donde Juanito nos introduce en un Paraíso donde no existen niños tontos, sino niños preciosos y especiales, amigos de Jesús.
Muy feliz y serena Navidad.”
UN VIAJE AL PORTAL
La Navidad goteaba reguerillos de azúcar por las paredes de aquella casa que protestaban envidiosas por no llegar a catarlos; el turrón preñado de almendras presidía la mesa de la cocina como el rey goloso de todos los dulces que aguardaban calladitos, no fuera a desaparecer alguno en cualquier boca que pasase por allí; la sidra era la emperatriz chispeante y los mantecados y rollitos de anís iban y venían de la despensa a la bandeja. El Belén erizando el pensamiento que lo mirase, coronaba la entrada del hogar, salpicándola con las carcajadas de los camellos, las burbujas mágicas que soplaban la lavandera y los patitos del río.
La mamá de la casa llevaba todo el día trajinando, no era para menos siendo la noche que era.
-Juan, Juanito ven que te voy a contar un cuento de Navidad.
La madre se sentó haciendo un intermedio en su tarea y empezó a desgranar aquel librito de cuando era pequeña, con la esperanza de que su niño dejara de revolotear por entre los platos y alguno fuera a parar al suelo.
-Mami, mami, en el cuento sale un pastorcillo tonto como yo- interrumpió Juanito con la gloria colgándole de la sonrisa.
-No mi amor, tú no eres tonto, eres un niño especial. Anda que no te lo digo veces, bastante más tontos son los que te lo llaman.
Y es que siempre había alguna lengua oscura que tomaban por simple al pequeñin, sin que la ignorancia les sonrojase el corazón. Cuando tan solo era que un pedacito de su mente se había quedado dormido en el camino, pero apenas se le notaba en lo rasgadito de su mirada y en los pensamientos dulces que siempre vivían con él. Aun así, Juan no podía evitar sentirse triste cuando algunos por la calle le llamaban tonto, pero ese día navideño tejido de divino misterio, mientras su madre le leía aquel cuento se percató de que uno de los protagonistas, un pastorcillo llamado Zabulón tenía la cara tan igualita a la suya que casi podrían ser hermanos, y ahí estaba presidiendo el hermoso Belén que Dios había dispuesto para recibir a su Divino Hijo. Juan estaba que no cabía en sí de gozo, de pronto el pastor le hizo señas con la mano, Juan miró a su alrededor, no había nadie más, tenía que ser a él al que invitaba a entrar a las páginas que la madre continuaba leyendo. Las figurillas del nacimiento se unieron a Zabulón y riendo y dando saltos le abrían los brazos sin llamarle nombres raros de los que duelen y además son mentira.
-Anda sigue leyéndome el cuento, pidió mimoso.
-No cariño que tengo que preparar la cena. No olvides que es Nochebuena.
-Pues voy a hablar con Jesús.
Y lo dijo con tal sencillez, con tal firmeza que nadie osó dudar de su palabra. Juan agarró el libro y abrió la página central, donde se veía a Zabulón con todas las figuras de aquel Belén que parecía vivo.
La madre iba y venía enternecida el alma al ver el rostro emocionado de su pequeñin, que parecía saborear pedazos de cielo mientras observaba el Belén y es que aún no entendía que su hijo había cruzado el umbral del mundo y se había ido a corretear junto al pesebre mientras la Virgen les daba de merendar leche entibiada con el calor de la estrella de Oriente y sopitas de chocolate que le había traído el Rey negro entre las alforjas de su camello, mientras el Divino Jesús reía embelesado viendo los brincos que Juanito, loco de alegría daba por entre la mula y el buey que el bueno de San José dominaba como podía no se le fueran a espantar.
-¿Verdad que Juanillo no es tonto? Preguntaba el Señor Jesús a su Santa Madre.
-No, Rey de Reyes no lo es. ¿Acaso lo es Zabulón? Él es diferente, especial, muy, muy especial. Tiene tanto amor, tanta dulzura dentro de sí, que con eso le sobra para mover el mundo. Benditos sean los que son como él, porque ellos crecerán a la sombra de Nuestro Señor, benditos sus sentimientos porque iluminan las noches oscuras.
Benditos por siempre, los que alguna vez sean llamados niños tontos porque Dios les dará la mano paseando por el Paraíso.
Juanito escuchaba y grababa en su corazón todo aquello que decía su Madre del Cielo.
Ahora iba a jugar un rato con Jesús, habían hecho un trato, iban a ser amigos para siempre. Ya nunca estaría solo y Él seguro que jamás le llamaría tonto, porque menudo colega que estaba hecho Jesús.