Hace tiempo que viajo sola en el trayecto de mi enfermedad. Nunca he considerado que dependiese de los demás para sobrellevar todo el peso que tengo en mi mochila; entendí que estaba bien contarlo, pero sin preocupar a nadie.
A medida que pasa el tiempo, lo que más daño me hace es la falta de comprensión. Eso de “ponerte en la piel del otro” es algo que realmente la gente no practica, no ejerce o, simplemente, no tiene como hábito.
Por ese motivo, “a veces miento” a una persona que considero mi amiga.
¿Y por qué le miento?
Pues le miento porque no tiene la capacidad —o no quiere— ponerse en mi piel.
Siendo mi amiga, yo entiendo que la amistad es “para lo bueno y para lo malo”, ya que de eso se trata.
El caso es que, en ese baile de mentiras en el que me muevo, al final me hago daño. Porque es ella la que insiste en que salga de la cama cuando estoy en una situación de total vulnerabilidad.
Por eso, a ella le miento. Me invento comidas, actos con mis hijas… todo lo que sea para que cese el agobio.
Es la única persona que lo hace, y el problema es que ella sabe cómo funciona mi enfermedad, porque lo hemos hablado.
También sé que me quiere y que, a lo mejor, es una fase suya de negación hacia mi enfermedad o, al mismo tiempo, una forma de “autoprotección”. Mucha gente con familiares con enfermedades crónicas tiende a protegerse de esa manera, para que no les afecte.
Sea lo que fuere, esas trolas a mí me salvan.
Así que, de momento, sigo siendo “mentirosa”.
Feliz día.