En uno de mis paseos recientes me he dado una vuelta por el Museo de Historia de Madrid, una visita siempre recomendable para que nativos y foráneos vean un poco de la evolución de la ciudad, especialmente desde la época de los Austrias, y para que no nos quedemos en la superficialidad urbanita. Es un museo que necesita bastante tiempo para completar su recorrido porque tiene la ambición de abarcar mucha cronología. Mi sugerencia es hacer la visita en un par de días, para no agotarse.
Desde el 27 de febrero alberga en su seno la exposición “¡Viva la bohemia! Los bajos fondos de la vida literaria”, abierta al público en un rincón del mismo museo y me ha interesado de manera particular.
Según la visión tradicional, la bohemia era propia de la época romántica, de los años de Gautier, Gerard de Nerval (La bohème galante, 1835) y Murger, esos años en que a los artistas, en París, se los distinguía por los chapeos de ala ancha, las pipas en la boca y las melenas. A finales del siglo XIX vestían zapatos de charol y guantes blancos y se habían dispersado también por Madrid. A Rubén Darío le molestaba que lo llamasen bohemio, mientras que a Joaquín Dicenta esa denominación lo llenaba de orgullo, así de contradictorios eran. Los cronistas de café cuentan que los artistas siguieron dándole la espalda al mercantilismo, al egoísmo y al positivismo como habían hecho siempre. Idealistas. Soñadores. Ángeles caídos. Rubén Darío tuvo que escribir en París su Autobiografía (1912) en menos de un mes porque necesitaba el dinero para sobrevivir y cuenta anécdotas de bohemios pobres como Alejandro Sawa a quien trató como amigo. Darío hizo el prólogo de Iluminaciones en la sombra de Sawa, que “hablaba en libro” y despreciaba a la gloria calificándola de “ventosidades de un dios jocoso y flatulento”. Cuando en 1924 Valle Inclán colocaba a Sawa de protagonista en Luces de Bohemia con el nombre de Max Estrella, ya nos daba una idea de cómo era la vida del escritor fracasado, enfermo, hambriento y auténtico “mendigo de azul”, ajustándose a la declaración de Mallarmè. La bohemia no era una etapa de rebeldía juvenil, sino un camino de miseria sin salida. En España se imitaba el modelo parisino, en un Madrid brillante y harapiento de cafés y tugurios de todo lo cual la exposición citada da buenas muestras. Se pueden contemplar carteles, fotografías, películas, libros y periódicos que ofrecen la imagen de lo que supuso la bohemia (y golfemia) literaria en Madrid de finales del siglo XIX y principios del XX. La noche y sus monstruos, gentes marginales sobreviviendo en la penuria económica, la riqueza artística y literaria, retratos de nómadas de Madrid y sus bajos fondos, todo ello en imágenes de impacto para hacernos una idea de cómo fue aquella época. Los organizadores de la exposición han incluido, además, una lista de reproducción de música que se puede encontrar en Spotify para quien quiera ambientarse escuchando a Pablo Sorozábal, Amadeo Vives, Kraus o Granados, entre otros.
La entrada es gratuita y estará hasta el 1 de junio. Recordad, amigas, que siempre nos quedará Madrid.