Una ciudad tranquila y llena de encanto
El verano es un tiempo para desconectar, descansar y, en ocasiones, viajar. Yo he tenido la oportunidad de visitar La Haya, una ciudad cercana a Ámsterdam que suele estar fuera de los circuitos turísticos de masas y que os recomiendo por su tranquilidad, especialmente si os gusta la historia del arte.
Es una ciudad pequeña que se puede recorrer fácilmente a pie o en bicicleta. Si los trayectos son largos o no estáis en plena forma, funciona muy bien la red de tranvías que atraviesa la ciudad.
El encanto de este lugar es su gente, como casi siempre ocurre: personas que se reúnen en cafés, en terrazas al aire libre en cuanto el buen tiempo lo permite, en librerías y en museos.
He encontrado lugares que reúnen todas estas características en uno solo: venden libros, tienen servicio de café y, además, funcionan como galerías de arte. No se puede pedir más.
También hemos degustado wafles con intenso aroma a caramelo y cervezas acompañadas de patatas fritas, que han sido una delicia. Todo ello aderezado con el ambiente de la ciudad en torno a los canales y la enorme cantidad de jóvenes que la habitan.
Detalles sorprendentes de La Haya
La Haya tiene algunos rincones sorprendentes. Por ejemplo, el Passage, un antiguo centro comercial cerrado con arquitectura abovedada que ha sido reconocido por la UNESCO por su interés artístico. No tiene nada que envidiar a los de Bruselas o Milán.
Otro punto llamativo de esta ciudad y sus alrededores es su inmensa playa, con una zona populosa —de noria gigante incluida— y otra más salvaje. Aquí, un paseo al borde del mar implica caminar entre dunas de arena por caminitos rodeados de vegetación.
La Joven de la Perla, emblema de la ciudad
Uno de los símbolos más reconocidos de La Haya es la Joven de la perla, un cuadro de Johannes Vermeer fechado entre 1665 y 1667 que se encuentra en el Museo Mauritshuis.
Es difícil explicar en dónde reside el encanto de este pequeño óleo que se ha hecho universalmente famoso gracias a novelas y películas, y que se ha reproducido en postales, carteles, serigrafías y murales. En La Haya su imagen se encuentra en todas partes, como si se tratara de una vieja amiga.
No sabemos quién es la retratada, qué relación tenía con el maestro cuando la pintó, ni en qué momento vital se encontraba esta muchacha que nos mira en una pose casi de perfil.
Lleva un turbante que cubre su cabeza y, lo más llamativo, un pendiente con una perla que atrae la atención del espectador por su brillo y su posición en el cuadro. El fondo es oscuro, casi negro, y los colores de la ropa que viste resaltan poderosamente.
Por lo demás, este sencillo retrato emana una tranquilidad y una belleza sosegada muy del estilo de Vermeer. Es un cuadro hipnótico.
Este pintor atípico realizó muy pocos cuadros a lo largo de su vida. Sus vistas de la ciudad de Delft y, sobre todo, sus interiores domésticos lo han hecho famoso.
Un lujo cultural
En La Haya he podido acercarme a su calma matizada con luz interior. Todo un lujo.