Lo bueno del verano, querida lectora, es tener tiempo libre para extraviarse por donde quieras. La ciudad de Múnich tiene una magnificencia que puede llegar a empequeñecer a la viajera desprevenida. Requiere cierta preparación perderse por ella. Es necesario haberse informado antes de pasear por sus calles para que las fachadas de los edificios, los cafés y las cervecerías relatan su historia con un mínimo de claridad.
Lo que parece un Ayuntamiento gótico es en realidad un edificio contemporáneo que sustituyó al antiguo cuando se quedó pequeño. El Neues Rathaus se convierte en el delirio de los turistas que se congregan en la plaza que hay delante, Marienplatz, corazón de Múnich, para observar puntualmente a las once, las doce del mediodía y las cinco de la tarde el baile del carrillón; durante quince minutos, más de treinta figuras a tamaño natural cuentan cómo fueron los torneos medievales durante los festejos de la boda del Duque Guillermo V con Renata de Lorena. Todo ello ocurre en la torre principal, a la que se puede acceder con comodidad en ascensor. Las vistas panorámicas que desde allí se contemplan no faltan en ningún recorrido que se precie y son como suelen ser todas las vistas panorámicas: grandiosas, lejanas y muy apreciadas para hacer fotos de recuerdo, ese mal al que nuestro teléfono móvil nos empuja, ese tormento definido en Instagram.
Múnich acogió a artistas de vanguardia durante la primera década del siglo XX -Kandinsky, Franz Marc- en mezcla urbana con el modernismo arquitectónico en un barrio bohemio que todavía hoy tiene un sabor peculiar (Schwabing), pero hacía gala de su espíritu refinado desde el siglo XIX. La ciudad se empapó de carácter cosmopolita cuando el rey Luis I de Baviera mandó construir un entorno a su gusto. Diletante y aficionado a las artes como era, se erigió en protector de los artistas románticos en Roma, cayó bajo el hechizo del pasado remoto de Italia y quiso hacer una nueva Atenas en Múnich, un centro artístico donde ejercer su mecenazgo particular. En el centro de la ciudad se puede ver una copia de una logia florentina y una plaza en su honor que reúne museo, gliptoteca y propileos al gusto de la Antigüedad clásica. Columnas, arquitrabes, pórticos, frescos decorativos, grandes avenidas, edificios de último diseño. Todo hace pensar que, en Múnich, la cultura es muy importante y está presente en la mente de quienes organizan el trazado urbanístico.
Al turista curioso puede parecer que Múnich es como la tía rica que conserva su casa espléndidamente decorada con objetos de anticuario a los que saca brillo con frecuencia. El paseante desprevenido camina por un escenario impoluto que, se mire por donde se mire, conserva algo valioso y lleno de significado. Y también Múnich, igual que la tía a la que visitábamos, riega sus plantas y jardines con primor, poniendo ramilletes de flores en las esquinas. No le falta nada a esta ciudad cara, cuidada y exquisita. Como era nuestra tía.