Según el filósofo Walter Benjamín, perderse por la ciudad es una actividad que una persona emprende de manera consciente. No significa acabar perdida, sino perderme voluntariamente. Caminar sin rumbo fijo. Ese vagar a donde te guíen tus pasos, sin brújula alguna, es avanzar con independencia y desarrollar el sentido de la orientación. Y de la libertad. Es explorar, investigar por calles no visitadas. Incluso cuando estás en tu ciudad natal, querida lectora, siempre puedes encontrar rincones insospechados que ofrecen sorpresas gratas. Pequeños tesoros que esperan ser descubiertos por alguien que lleve los ojos bien abiertos. Solo es necesario perderse un poco y dejarse llevar. Nunca es un viaje equivocado. Cualquier ciudad grande y bulliciosa, en ocasiones provoca un estado de agitación e inquietud, no lo pongo en duda. El tráfico, las prisas, el gentío en la calle, no sirven de abrigo para el sosiego. Entonces es recomendable recorrer a pie calles silenciosas y plazas recoletas porque siempre son amigables.
Haciendo un recorrido por el barrio de Arganzuela, donde vivo, me doy cuenta de que es una sección de Madrid que se renueva como si cambiara de piel. Encierra un pequeño microcosmos de vecinos mayores y jóvenes recién llegados que conviven sin mezclarse demasiado. Se trata de un barrio con impulsos vitales dispares. Conserva la tradición de la historia en marcas visibles como los edificios y las instituciones, y también está en constante transformación y expansión.
Aventurándome por los aledaños del Paseo de las Delicias, he encontrado en la calle General Palanca, número 33, la Casa-taller industrial de Patricio Romero (1924), construido por el arquitecto Luis ferrero Tomás según los parámetros del modernismo tardío. El inmueble se ha salvado del derribo y de reformas agresivas. Es una auténtica joya escondida.
En la decoración predomina el color de los azulejos de cerámica esmaltada, en la estructura domina la vertical sobre la línea horizontal, y la forja ha dejado preciosos ejemplos en las rejas de los balcones, llenos de fantasía sinuosa.
Es un buen ejemplo de cómo la prosperidad se fue ensanchando por el sur de la capital, a principios del siglo XX, en el entorno de la antigua estación de ferrocarril de Delicias, que estuvo operativa desde 1880. Desde ella partía un ramal hasta las fábricas cercanas, una de las cuales era el complejo cervecero de El Águila, cuya construcción se comenzó en 1912-14 en estilo neomudéjar. He continuado mi paseo hasta este edificio que hoy alberga el Archivo histórico de Protocolos de la Comunidad de Madrid, la biblioteca pública Joaquín Leguina y varias salas de exposiciones. No he podido evitar la tentación de entrar a darme una vuelta.
Mi intención de perder la noción del tiempo se compagina muy bien con la de ganar el tiempo para mí misma, para saciar mi conocimiento y mi curiosidad. De este modo, he visitado la muestra de fotografías antiguas realizadas por los fotógrafos famosos de la corte, que retrataron a una buena parte de la sociedad distinguida y presentada en “cartas de visita”. He visto documentos gráficos que sirven para indagar en el pasado remoto, sorpresas en representaciones plasmadas en color sepia que acortan la distancia con las personas de un siglo atrás. He visto fotos de personajes tan ilustres como la reina Victoria I de Inglaterra, actrices de moda, políticos y empresarios con sus familias. Todos tenían la intención de pasar a la posteridad. Todos han quedado para el recuerdo gracias a la belleza de la imagen.
En otro paseo te hablaré de la estación de ferrocarril de Delicias, querida lectora.