Como ya anuncié en un post anterior, nuestro paseo de hoy va a ser en tren, querida lectora. O mejor dicho, alrededor del tren. Las estaciones de ferrocarril, los vagones, las vías y todo lo que rodea al ámbito ferroviario permanecen en la memoria colectiva apegado a un tiempo pasado en el que se viajaba con calma. Una época olvidada, puesto que en nuestros días nada se hace con sosiego, y mucho menos viajar. Mi abuelo Elías, DEP, fue ferroviario y quizá por esta razón me ha quedado la querencia de observar locomotoras y pedanías como si fuesen una parte de mi historia personal.
El 30 de marzo de 1880, Alfonso XII y María Cristina inauguraron la estación de Delicias. Se convirtió en la tercera estación monumental de finales del siglo XIX en Madrid, después de la de Atocha y Príncipe Pío. Fue un acontecimiento que se celebró con discursos solemnes de las autoridades ataviadas con sus mejores galas, a quienes obsequiaron con puros para los caballeros y ramos de flores para las damas. Aquella concurrencia exquisita quedó impresionada por la estructura de hierro forjado y ladrillo, parecida a otras construcciones civiles del momento, pero, sobre todo, se asombró con el espectáculo de su nave central que permitía la entrada de cinco trenes a la vez: expreso, mixto, correo, balastro y mercancías. La nueva estación tenía un muelle para mercancías y ganado, y salas de espera de primera, segunda y tercera clase. Significaba un adelanto de la técnica y un símbolo del progreso. Desde esta estación de Delicias partían los trenes hacia Extremadura y Portugal. Una vez a la semana paraba en ella el convoy internacional que seguía hacia París y Londres. La llegada del tren, allá donde fuera, llevaba correo, industrias y viajeros. Unía por vía férrea lugares desubicados y lejanos, y era sinónimo de adelanto y bienestar.
En 1969 terminó la actividad en la estación de Delicias. Hoy en día se puede pasear entre sus raíles y sus andenes; al contemplar maquetas de tren y réplicas de locomotoras antiguas, que son piezas de museo, nos trasladamos a aquella época pasada. Reconozco que es un paseo nostálgico, y por eso mismo lo recomiendo. Al entrar en el recinto huele a una extraña mezcla de carbonilla con alquitrán. Todavía se pueden pisar las traviesas impregnadas con una sustancia parecida a la brea usada para preservarlas. Hay reconstrucciones de míticos coches que hacían rutas olvidadas, hay fotografías vetustas en las salas de exposiciones, hay recuerdos reconstruidos. El Museo del Ferrocarril es una cápsula del tiempo y está impregnada con un halo romántico.
El Tren de la Fresa recrea en parte esta atmósfera olvidada en un trayecto que recorre la ruta Madrid-Aranjuez. Pero ha sido sin duda la industria del cine la que ha sabido sacarle más partido a estas instalaciones cuando las ha convertido en un enorme plató de rodaje. En la estación de Delicias se han rodado más de treinta películas, que de un modo u otro nos han hecho rememorar las antiguas terminales. ¿Quién no recuerda la historia de Doctor Zhivago, rodada en 1965, y que transformó Delicias en la estación de Moscú? Más recientemente, se han rodado películas reconocidas, como Amantes o Un franco, 14 pesetas. En la pequeña pantalla hemos visto Acacias 38, Cuéntame cómo pasó, Las chicas del cable, El tiempo entre costuras y tantas otras producciones que han tenido como escenario nuestra antigua estación. Lo bueno del cine es que nos traslada a otra época y muchas veces utiliza el túnel del tiempo ferroviario para aparecer en otro mundo. Lo mismo que este paseo de hoy.