En esta ocasión te voy a hablar de una exposición que puedes ver en el Museo Thyssen de Madrid, querida lectora. La han llamado “El realismo íntimo de Isabel Quintanilla” y es importante porque es la primera exposición monográfica dedicada a una pintora española en este museo. Se presentan 90 cuadros que ilustran la trayectoria de la pintora a lo largo de 60 años. Casi toda una vida.
Isabel Quintanilla (1938-2017) formó parte del grupo Realistas de Madrid, uno de cuyos miembros más famosos, Antonio López, es muy conocido porque está aún en activo y sigue pintando escenas urbanas de Madrid con gran éxito de público y crítica. Isabel obtuvo en 1959 el título de profesora de Dibujo y Pintura y daba clases en un instituto. Lo extraordinario era que se dedicase a pintar en los años 60, época en que las mujeres no tenían buenas perspectivas profesionales. El mérito de la exposición es poder contemplar los cuadros que se compraron en Alemania por coleccionistas privados.
Ella creó su propio universo en el entorno doméstico; pintaba su realidad, el mundo tal y como lo veía a través de sus ojos y por medio de objetos de uso cotidiano. En la exposición se ven muchos de los vasos de Duralex que tan populares eran en aquellos años en nuestro país. Dibujados a lápiz con una exquisita maestría, dan buena fe de la obsesión de Isabel Quintanilla por los reflejos de la luz en los interiores más modestos. Aquellos vasos servían de pequeños floreros, para formar modestos bodegones colocados encima de la nevera de la cocina o junto a una ventana con visillo como si fueran símbolos, poco refinados pero dignos, de la clase obrera española. A través de la sensibilidad de la artista, acaban resultando elegantes y poéticos.
Isabel Quintanilla pinta la realidad del momento. Incorpora en sus cuadros objetos absolutamente normales y corrientes en las cocinas o en las habitaciones con intención artística. Sus naturalezas muertas representan un tiempo y un lugar determinados, muy característicos de las mujeres de la España de entonces. Su obsesión era pintar la luz y los reflejos que formaba. A través de los objetos cotidianos aparentemente sencillos, Isabel nos lleva al recuerdo de un instante. Y consigue emocionarnos.
En los cuadros de Isabel Quintanilla no hay personas, deliberadamente, para centrar la atención en los objetos. Ella misma explicaba que si omitía la figura humana de sus composiciones era para que las cosas tuvieran más poder de evocación. En este cuadro de la máquina de coser no vemos a su madre, pero no hace falta porque se intuye su presencia. La madre de Isabel era una mujer que se quedó viuda temprano y sacó adelante a sus dos hijas por medio de su trabajo como modista. La pintura se hace autobiografía, como tantas veces ocurre con el arte y en la literatura, y nos recuerda que la artista también cosía mientras rememoraba a su madre.
Este cuadro me trae a la memoria a mi propia madre y su máquina de coser, siempre presente. También ella hacía labores primorosas con mucha habilidad, y sus trabajos como modista quizá no fueran nunca suficientemente reconocidos. Nunca es tarde para dar las gracias por su sacrificio, hecho en silencio por el bien de su familia y en el interior de la casa. Tengo la impresión de que el agradecimiento público es un acto de justicia. En homenaje personal a mi madre por su cariño, su tiempo y su entrega.