Dudas, miedo, incertidumbre…
El alma tiembla, el corazón se dispara y quieres salir corriendo, llorar, gritar.
Te enfrentas una vez más a las dudas. Al miedo. A la incertidumbre.
Porque el duelo puede durar años. Y cuando parece que lo has superado, te encuentras aceptando de nuevo el diagnóstico o la progresión de la enfermedad.
Te atascas en fases que parecen interminables.
Otro año más.
Ya van doce.
Doce años caminando juntas.
Y muchos más antes de que supiera cómo te llamabas, aunque ya estabas ahí, gritando en silencio.
Has roto tantas cosas en mi vida.
Doce años juntas y todavía te temo.
No saber por dónde vas a salir me asusta.
Me acobarda.
Dejé en pausa mi vida.
Dejé de tomar decisiones.
Dejé de elegir caminos por miedo a perder.
Y al final perdí igualmente.
Perdí años.
Perdí motivos.
Perdí también esperanza.
He vivido demasiado tiempo con el freno puesto.
Con la pierna dormida.
Esperando.
Temiendo.
Sobreviviendo.
Parecemos una comedia sin terminar.
Una historia escrita a medias, llena de capítulos que nunca quise protagonizar.
Ojalá nunca hubiera sabido de tu existencia.
Ojalá no te hubiera conocido nunca.
Ojalá no hubieras entrado en mi vida para ponerlo todo patas arriba.
Pero aquí estás.
Y aquí sigo yo.
Aprendiendo cada día a convivir con tu incertidumbre.
Aprendiendo a levantarme después de cada golpe.
Aprendiendo a seguir adelante incluso cuando el miedo vuelve a llamar a la puerta.
Y aunque hoy siga deseando no haberte conocido jamás, también sigo deseando algo más.
Que algún día llegue el momento en que nadie tenga que escuchar tu nombre en una consulta médica.
Que algún día encuentren la cura de la esclerosis múltiple.
Y que ninguna persona tenga que volver a vivir con el freno puesto.