Sí, si ya lo he sentido todo, ¿qué me queda por sentir?
He tenido noches de bohemia y de ilusión, como dice la canción.
He sentido el subidón de la adolescencia, disfrutando cada cosa nueva que veía o que ocurría. He disfrutado de todo lo que era digno de disfrutar, a mi entender.
He sentido culpa, rabia, miedo, y me he frustrado porque no saliera como esperaba.
Me he avergonzado de mí por no hacer eso que quería hacer, por miedo al qué dirán; incluso pena cuando algo bueno me pasaba.
Me he paralizado por miedo a cagarla, a que no saliese bien.
Me olvidé de mí, y no por un día… sino por etapas.
No supe despedirme de todas esas versiones que ya no podían ser, ni de esos sueños que nunca llegarían. En general, nunca fui buena para despedirme.
Me costó darme cuenta de que algunos vínculos no eran sanos y me refugiaba en el mismo lugar que me hacía daño.
Me daba miedo preguntarme si me hacía feliz, porque no sabría qué hacer si la respuesta era no.
Buscaba magia y, a la vez, no creía que pudiera existir.
Amar a veces no es suficiente; lo sabía, pero aun así seguía.
Me he puesto en lo peor, por si lo peor llegaba, para que no doliese tanto.
Me puse en lo mejor, y lo mejor no llegó… y cuando lo hizo, traía otro nombre.
No, no sé qué me queda por sentir y, a la vez, sé que me quedan muchas cosas por sentir.
Y a ti, ¿qué te queda?