Muchos cambios. Adaptarse, a veces, cuesta. Transformo mi vida como si fuese arcilla, pero con la dureza de una piedra; no puedo dejar que esta se rompa, solo puedo transformarla.
Miro con atención a mi alrededor y no me reconozco en el espejo. Atrás quedó el pelo liso, unas buenas pestañas y unos labios con mucho brillo y bien perfilados, que ahora dan paso a unas ojeras bien marcadas y a un tal pelo encrespado.
He cambiado los perfumes por ese olorcito a leche y a Mustela.
He cambiado todo lo que me hacía muy yo, lo que era muy mío.
El pijama se ha convertido en mi mejor vestimenta de gala.
No llevo color en las uñas y volver a tenerlas largas forma parte de un futuro lejano.
Por fin terminaron los dolores que no dolían tanto cada vez que te miraba.
Y se instala en mí una mezcla de inseguridad y miedo.
Mis preguntas hacen eco:
¿Lo estaré haciendo bien?
¿Será esto correcto?
Yo solo quiero hacerlo bien, que comas bien, que duermas bien…
Me debato entre la alegría inmensa de tenerte en brazos y la más pura tristeza, ese miedo al fracaso.
Siempre alerta y con la capa puesta.
Siempre, siempre para ti.