Una vez vi una película en la que los hechos se sucedían en cascada, sin ninguna lógica aparente, hasta llegar a un final inesperado. Todo debido al azar, en el que puedes creer o no, pero ya te digo yo que está ahí. Por eso las casualidades existen y, muchas veces, la realidad supera a la ficción.
Pasamos por la vida sin saber hacia dónde vamos en muchas ocasiones, y el azar va llevándonos hacia donde tenemos que llegar.
Supongamos una universidad y una promoción de hace treinta años, con estudiantes que, tras finalizar la diplomatura y hacer su viaje de fin de carrera, se separan, vuelven a sus pueblos, a sus casas, y trabajan o no.
Ella y él nunca coincidieron. Iban a diferentes clases. Ella estuvo en aquel viaje al norte, pero él no pudo asistir porque trabajaba siempre, y continuaron sin cruzarse.
Al volver del viaje, ella continuó estudiando una licenciatura. Él también, en la misma universidad y, esta vez, en la misma clase.
Finalizados una vez más los estudios, tanto quienes se conocieron como quienes compartieron aulas durante años sin apenas cruzarse continuaron por diferentes caminos.
Él siguió trabajando y pronto empezó a ejercer. Tuvo pareja, una hija y, durante años, esa fue su vida. Pero aquella historia terminó y conoció a quien sería su mujer durante más de diez años. Fueron años de trabajo, proyectos y viajes, hasta que una enfermedad se la llevó.
Quedó viudo, sin ánimo ni ilusión. Tras unos meses muy oscuros, comenzó a relacionarse con un grupo de amigos y amigas para no pasar tanto tiempo solo y recuperar poco a poco las ganas de vivir.
Un día, una de esas amigas le planteó una consulta que él no supo responder. Todo un cúmulo de momentos y casualidades le había llevado hasta allí.
Ella trabajó y viajó. Empezó un doctorado en París, donde vivió un año. Más tarde trabajó como profesora en una universidad, lo que le permitió viajar profesionalmente a México.
Años después regresó a su ciudad y compaginó el trabajo con la maternidad de una niña. Fueron años intensos, de esfuerzo dentro y fuera de casa, ejerciendo aquella profesión en la que coincidió con numerosos compañeros y compañeras.
Nunca coincidió con él.
En la actualidad, treinta años después, aquellos universitarios seguían perteneciendo a un grupo de WhatsApp de la promoción, creado para organizar reencuentros o resolver consultas profesionales.
De hecho, en el vigésimo aniversario de la promoción llegaron a organizar una cena. Ella acudió para reencontrarse con sus compañeros, pero él no pudo asistir.
Treinta años después, él trasladó al grupo aquella consulta que no había sabido responder a su amiga.
Ella sí respondió.
Sin rostro. Sin recuerdos compartidos. Sin ninguna historia previa entre ellos.
Y desde aquella respuesta, y gracias a todo lo que el azar había ido tejiendo durante años, fue la causalidad la que hizo que, impulsados por la curiosidad, decidieran encontrarse.
Y desde entonces ya nada fue casual.
Hoy se cumplen trece meses de aquella casualidad. Aunque, en realidad, la voluntad y el interés de ambos han ido llenando de causalidad su historia.
Porque hacer que nuestra vida sea un cúmulo de casualidades o de causalidades tiene una diferencia fundamental: la voluntad.
Solo cuando movemos ficha, decidimos actuar y asumimos riesgos, convertimos las causas en efectos y empezamos a dirigir nuestras vidas.
Incluso equivocarse forma parte del camino.
Porque son nuestras decisiones, nuestros deseos y nuestros objetivos los que terminan construyendo la vida que vivimos.