¿Eres como te piensas? ¿Eres como te hablas? ¿Cómo somos en realidad?
Siempre me he creído fuerte, me he hablado bien, y en consecuencia me he “plantado” en mi día a día. Me han pasado cosas que han hecho que me hablase un poco peor, o incluso dejase un tiempo de hacerlo. Y he aprendido que las situaciones vienen siempre, … me hable como me hable. Pero yo decido cómo las recibo y las gestiono.
Ayer mismo fui al supermercado y bajando con mi carro lleno hacia el coche, vi que no llevaba el teléfono. ¿Lo había perdido? ¿lo había olvidado en casa? ¿estaba en el coche? ¿cuándo lo usé por última vez?, … Una situación con el cortisol a tope donde las haya, …pero me hablé en ese momento bien. No me venía bien ese estrés, y decidí mirar en el coche y preguntar en la tienda. Respiré hondo, y vi que no pasaba nada importante. Mi Yo salió intacto de una situación cotidiana como otra, en la que nos dejamos de tratar bien “tengo la cabeza como un tambor, no se que hice con el móvil, anda que estoy bien, se me olvida todo…”.
No estaba, volví a la tienda y una buena persona lo había entregado en la caja. Y pasó, como mil cosas que pasan, y nada más. Me hablé bien, me permití el despiste, relativicé, y ya.
En esta situación, gestioné bien. Dependió de mi cabeza, y fue positivo.
Pero somos seres sociales por naturaleza, necesitamos a los demás, hablarnos, tocarnos, y así construir nuestra identidad, nuestro YO.
Ese YO es maleable, y siente. Siente el rechazo, la incomprensión, siente cómo me hablo, …pero también la aceptación del otro. Hay mil videos en los que se le dice a un niño que va a poder saltar el potro en gimnasia, y lo hace. Y su percepción de sí mismo cambia.
Hablarse bien, y recibir que otros lo hacen por ti, es valioso para un Yo sano.
Pero si, por el contrario, los mensajes que vienen de fuera son negativos, una vez más el poder de recibir y gestionar es nuestro, y podemos así proteger a nuestra percepción propia, cuidándonos… al cuidar a nuestro Yo.