Te para.
La vida tiene ese poder, y solo tú tienes el de elegir entre soltar o romperte.
Una vez me paró, pero siempre fui terca y no aprendí nada.
Me “basto y me sobro”. Ese fue mi lema para sentirme completa. Había criado una hija sola y eso me hacía invencible. Y verme dependiente era sentirme derrotada.
Esa primera vez no supe aprender nada.
Y la vida volvió a pararme, y esta vez la única opción es aprender.
Cuando esto pasa, lo que sea que suceda es lo que es (una caída, una operación, una convalecencia…) y, por mucho que te empeñes en lo contrario y niegues la evidencia, sigue siendo lo que es.
Y, en ese momento, hay que parar.
Porque la vida tiene esas cosas: te da la opción de que pienses en tu poder, y ese poder es elegir.
¿Y qué se supone que se puede elegir, si una elegiría que nada hubiera pasado?
Alguien con fuertes creencias religiosas podría decir: “los caminos de Dios son inescrutables”, y yo le discutiría con todas mis ganas: “¿qué tendrá que ver Dios en todo esto?”. Pero, independientemente de las creencias religiosas, las cosas pasan y no está en nuestra mano evitarlas.
Pero contarnos eso que pasa, sí lo está.
Contarnos a nosotras mismas que eso que ha pasado nos da opciones, que nos permite cosas, que nos acerca a personas, es un ejercicio mental saludable que nos evita rompernos… y nos invita a sanar.
La fábula china del caballo perdido ha sido una ayuda, una bocanada de aire y un regalo.
Cuenta cómo un campesino lamenta que su caballo se escapó, pero este vuelve acompañado por una yegua.
Lamenta que su hijo quedó cojo al intentar domarla, pero luego vinieron tiempos de guerra y su hijo no fue reclutado debido a su cojera.
Autosuficiencia, control, cortisol, estrés… nos dañan.
Soltar, delegar, asumir, resiliencia, respirar, agradecer… son formas de autocuidado.
Contarnos la vida de forma amable no cambia lo ocurrido, pero sí nos ayuda a gestionarlo y sanar.
Pilar Fernández Angulo · “Mi mirada”